El Kremlin ha bombardeado el 35% de los edificios de Járkiv considerados como patrimonio cultural; muchos de ellos, paradójicamente, estaban dedicados a figuras rusas, como la Biblioteca Korolenko

(Re)construir la cultura ucraniana en mitad de la guerra

ATALAYAR/MARÍA SENOVILLA - Interior de uno de los depósitos de libros de la Biblioteca Científica Korolenko, en Járkiv

La Biblioteca Científica Korolenko es una de las colecciones de libros más grandes y antiguas de Ucrania y Europa. Fue inaugurada en 1899, destruida durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruida en la década de los cincuenta. En los años setenta se amplió. Pero el pasado mes de marzo los bombardeos rusos sacudieron nuevamente sus cimientos –los de hormigón, y también los culturales–. 

Esta es una de las 77 bibliotecas de Ucrania que llevan nombres en honor a personalidades rusas que destacaron en las artes, las ciencias o las letras. Es lógico que un país que comparte orígenes con Rusia –el Estado eslavo oriental de la Rus de Kiev– tenga referentes de origen ruso entrelazados con los suyos. También era esperable que, durante las siete décadas en las que Ucrania formó parte de la URSS, se normalizara la presencia de la cultura rusa a este otro lado de la frontera. 

Pero la injustificada invasión a gran escala que lanzó el Kremlin el pasado 24 de febrero, y los nueve meses de asedio y bombardeos que ha padecido la población civil, han puesto en el punto de mira la presencia de estos referentes de origen ruso en los espacios públicos de Ucrania. Más aún cuando muchos de estos lugares han sido el objetivo de los proyectiles del Kremlin. 

Crímenes de guerra contra el patrimonio cultural

Sólo en la ciudad de Járkiv, Rusia ha bombardeado 200 edificios dedicados a la cultura –500 en toda la provincia– entre los que se incluyen museos, teatros, liceos, universidades y también bibliotecas, como la nombrada en honor al novelista y periodista ruso Vladímir Galaktionovich Korolenko. 

02_MARIA SENOVILLA_directora fondo principal

El Ministerio de Cultura de Ucrania ha asegurado que todos los edificios culturales que tengan arreglo –a otros muchos les espera la demolición– serán restaurados después de la guerra. Pero para entonces puede suceder que no haya nada que salvar si los edificios no se aíslan ahora de la lluvia, las heladas y la nieve.

Es el caso de la Biblioteca Científica Korolenko, que además de ser una de las más antiguas del país, es la segunda más grande de Ucrania –sólo por detrás de la Biblioteca Nacional de Kiev–. Antes de la guerra, recibía más de 60.000 visitantes anuales, en su mayoría científicos e investigadores, y era sede de innumerables eventos culturales. 

El edificio principal se reconstruyó según el proyecto original del arquitecto ucraniano Beketov, y entre sus 13 salas de lectura destacaba el Gran Salón. Con capacidad para 300 personas, recargados estucos y lámparas de araña adornando los techos, y un imponente piano Schröder original que “no se sabe con certeza en qué año y cómo llegó aquí”, relata para Atalayar Natalia Petrenko, la directora de la biblioteca. 

Natalia describe el brillo y el porte que tenían los eventos del Gran Salón mientras nos lo muestra. Pero lo cierto es que ahora lo único que destaca es el manto de polvo blanco que lo cubre todo después de un bombardeo, los tablones que tapan los enormes ventanales reventados por las bombas y las magulladuras del piano Schröder de 1915, que también necesita reparaciones.

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Fue durante los bombardeos de marzo cuando la Biblioteca Korolenko resultó dañada. Tres ataques sucesivos pulverizaron los cristales de todas las puertas y ventanas del edificio principal. También se desprendieron varios techos y la impresionante vidriera del atrio saltó en pedazos. La directora Petrenko casi contiene las lágrimas al pasar debajo de lo que queda de ella. Aunque no es su mayor preocupación.

Perder el legado bibliográfico 

Ni el Gran Salón, ni el piano Schröder, ni siquiera la vidriera del atrio son las auténticas joyas de esta biblioteca. La auténtica joya es la cámara de 12 pisos de altura, distribuidos en 24 niveles, donde se custodian los 7.206.942 libros –escritos en 244 idiomas– que conforman el fondo.

“Prestamos gran atención a los temas de preservación, restauración de fondos y digitalización de documentos de valor científico e histórico”, explica Natalia, sin quitarse el abrigo durante la visita. Con la nieve cubriendo las calles de Járkiv, la humedad y el frío se cuelan ya por las rendijas que hay entre los tablones con los que han cubierto puertas y ventanas. El depósito es una nevera. 

Aquí hay más de 70.000 libros de interés internacional, 25.000 ejemplares catalogados como “raros”, y varios manuscritos en cirílico que datan del siglo XIV. Y su integridad pende de un hilo de cara al invierno. “Necesitamos 128 millones de grivnas para reparar todas las ventanas, los techos y las puertas antes de que lleguen las temperaturas extremas”, reconoce Petrenko.

“Tenemos documentos del antiguo ruso y del antiguo ucraniano; incunables, paleotipos, aldinas, Elzevirs, primeros grabados eslavos orientales, otros grabados antiguos, ediciones raras y valiosas de los siglos XIX a XXI”, enumera la directora. Entre los manuscritos cirílicos se encuentra el pergamino Servicio Minea, que contiene la lista más antigua de la "Vida del metropolitano Pedro" editada por Cipriano en la década de 1390. También hay manuscritos ucranianos de la Academia Ostroh de principios del XVII y crónicas cosacas del siglo XVIII.

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Lejos de la normalidad

“Nosotros ni siquiera podemos abrir al público en estas condiciones, sólo abrimos bajo demanda cuando algún socio necesita retirar documentos. El resto del tiempo intentamos atender online”, explica la directora. 

“En aras de la seguridad, se implementaron una serie de medidas desde los primeros días de la guerra: se apagó la calefacción, el aire acondicionado y la ventilación de las librerías”, continúa, “el resultado es que ahora no podemos proporcionar condiciones óptimas para el almacenamiento de los fondos. La temperatura, la humedad, la luz, todo está mal”.

A los daños visibles en el edificio y al frío, se suma la heladora incomodidad –también visible por momentos– de convivir con los citados referentes rusos que salpican todo. Desde el nombre de la biblioteca, hasta los retratos históricos que cuelgan de sus paredes. Y la de Korolenko es sólo una de las 13 bibliotecas que tiene nombre ruso en la ciudad de Járkiv.

En la capital hay otras 20; en Odesa siete, igual que en Kramatorch; en la destrozada ciudad de Mariúpol había seis –que probablemente ya no estén en pie–; tres en Melitopol y dos en Cherniguiv. Todas en provincias de la parte oriental de Ucrania, en ciudades ruso hablantes con las que se ha cebado el Kremlin sin tener en cuenta su afinidad cultural. O tal vez precisamente por eso. 

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La desrrusificación de Ucrania

Natalia Petrenko se despide de mí deseándome que esté a salvo durante mi estancia en Ucrania, y añade “espero que ni tu familia ni tu país conozcan la guerra”. Ella ya ha conocido dos. En 2014 huyó de la del Dombás, donde aún continúa viviendo su madre. Y en 2022 le ha tocado lidiar con la invasión a gran escala de Rusia.

A pesar de tener un extenso conocimiento de la cultura ucraniana, y de los distintos referentes de los que bebe –incluyendo el ruso–, en estos momentos no parece que piense que la cultura pueda curar las heridas abiertas. La desafección que están provocando los ataques rusos contra las infraestructuras civiles ucranianas pesa más que los orígenes culturales compartidos. 

Putin invadió Ucrania al grito de "vamos a desnazificarla", pero nueve meses después lo único que ha conseguido es "desrrusificar" un país con el que compartía un legado que había sobrevivido a los vaivenes del siglo XX, a la caída del Muro, a la Revolución Naranja, a las revueltas del Maidán y a ocho años de guerra en el Dombás. Ahora, al igual que los cristales de la Biblioteca Korolenko, ese nexo también se ha hecho pedazos.