Despedida al destacado corresponsal en la compleja Cuba castrista

Mauricio Vicent, bajo el abrazo del sol

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photo_camera Mauricio Vicent

Diligente, activo y sin miedo, cuando buscábamos un poema de John Dos Passos perdido en algún paraje de Denia, Mauricio Vicent no dudó en escalar una escarpada pared que se asomaba al paseo marítimo de la Marieta Cassiana y al final marcarnos el camino.  Tenía madera de aventurero, la que le llevó a otras playas lejanas, que haría suyas, las del Caribe cubano. Era obstinado, y ese le permitió conocer parajes y situaciones que no estaban abiertos a todo el mundo. Como buen periodista descubrió mejor que nadie los entresijos de esa compleja sociedad de la Cuba castrista, donde nunca nada era lo que parecía. Mauricio la fue descubriendo y descifrando, la saboreó y la escribió en deliciosas crónicas, hasta que chocó con el poder que ocultaba siempre la información verdadera. Mauricio acabó por ser declarado tan poco grato como tiempo atrás el reconocido Edwards, y hasta se le privó de la acreditación de prensa para operar en la isla. Un corresponsal que se ganó los galones de los años vividos peligrosamente. 

Miraba desde el borde de la playa su padre, Manuel, la escalada de Mauricio, que se agarró a las raíces de los pinos y a los salientes de las piedras, para completar la subida y coronar la colina que nos separaba de aquel misterio. ¿Qué secreto escondía aquel campo santificado? ¿Dónde estaba el poema perdido? Seguimos en sus huellas y nos adentramos en un espacio separado por muros y bordeado por pinos mediterráneos. Accedíamos por fin al cementerio de los ingleses, un lugar en la zona de Les Rotes creado para enterrar a los fallecidos en un naufragio, cuando los ingleses llegaban al puerto mediterráneo en busca de la preciada uva pasa. Se buscó un espacio fuera del cementerio católico para darles sepultura mirando al mar. 

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Apenas quedaban restos de aquellas construcciones funerarias levantadas en su memoria, pero sí permanecía destacada una inscripción, pegada a un monolito. Eran unos versos escritos por John Dos Passos, extraídos de su único libro de poemas “A puschcart at the curb” (“Un carro en el bordillo”, inédito en España hasta la reciente traducción de Eulalia Piñero, con el título de “Invierno en Castilla”. Editorial Renacimiento).

Dos Passos visitó Denia en 1916, durante su fructífera estancia en España que promovió su padre para evitar que el joven idealista se fuera de voluntario a la Primera Gran Guerra. Cautivado por ese mediterráneo que amanece azul y se duerme en rojo, que envuelve en brisa el beso del sol, Dos Passos escribió entonces los versos que ahora nos leía Mauricio, escritos en esa lápida. 

Mauricio Vicent
Mauricio Vicent

“How fine to die in Denia
young in the ardent strength of sun,
calm in the burning blue of the sea…”
Sería hermoso morir en Denia
joven, bajo el abrazo del sol
tumbado junto al azul ardiente del mar
y el reclamo permanente de los cerros de hierro.
Denia, donde la tierra es roja como la herrumbre
y las colinas son del color de la ceniza.
Oh, podrirse en el suelo áspero
y fundirse en el fuego omnipotente
de ese dios blanco y joven y ardiente, el incandescente dios solar
para encontrar una súbita resurrección
en la cálida uva nacida de la tierra y la luz
que las mujeres jóvenes y los niños pisan
convirtiéndola en un mosto que hará fluir para generaciones futuras
un vino lleno de la tierra
del sol”

Busco y recupero la fotografía tomada en aquel instante, con Mauricio apoyado en el monolito, con su mirada vivaz, su atuendo alegre, su cuerpo fornido, y lamento el aire premonitorio de la escena. La que deseaba Dos Passos, la que ni imaginaba Vicent. Le veo recortado en la puerta de entrada al recinto mirando al mar, siempre buscando un más allá.

Periodista de alto voltaje, con una biografía forjada entre mares, hoy toca despedirle contemplando cómo se funde en el “fuego omnipotente de ese dios blanco”.  No habrá consuelo para el padre que cada verano cuidaba los pasos del niño crecido, del joven soñador, del hombre con familia propia. Pero sabe que lo entrega a sus venerados dioses mediterráneos que creen, con Dos Passos, que “sería hermoso morir (en Denia) joven bajo el abrazo del sol”.  Joven se nos fue, pero con deberes cumplidos. El hombre dispuesto que nos subió hasta el cementerio de los ingleses ha dejado allí su huella imborrable.