La ciudad que no quería que la molestasen

Rabat, ciudad Patrimonio de la Humanidad, vive ajena al debate abierto a raíz de la advertencia de la UNESCO a propósito de sus audaces proyectos urbanísticos
Rabat

PHOTO/ANTONIO NAVARRO AMUEDO  -   Vista aérea de la medina de Rabat, con la torre Hassan al fondo y el estuario del Buregreg a la izquierda de la imagen

Rabat vive ajena a la polémica –relativa, eso sí, no se ponga usted estupendo- en los medios sobre el toque de atención de la UNESCO –que declaró a la capital del vecino del sur ciudad Patrimonio de la Humanidad en 2012- a las autoridades marroquíes a propósito de sus “sueños de grandeza”, que escribía una agencia española en una crónica hace unos días. Pero la capital de Marruecos es discreta. Ha evitado pregonar su belleza y, pese a ello, se desparrama luminosa desde el estuario del río Buregreg hasta los verdes alcornocales de la Maamora, se exhibe con solera en el colonial L’Océan y se recorta con elegancia en la casba de los Udayas. Silenciosa pero vieja y orgullosa dama, Rabat no quiere que la molesten. 

Seguirá, la conocemos, su vida lenta como la de los vendedores de telas y babuchas de la calle Suiqa, en la medina, la más coqueta y hermosa de todas las medinas de Marruecos, o como la de los perezosos y mirones de los cafés del barrio de Hassan, al margen de polémicas como esta de la UNESCO. Y es justamente lo que sus amantes desean y esperan de ella. Hay que dejarla en paz. 

El pasado mes de julio la agencia de Naciones Unidas pidió por carta un “estudio de impacto” de los nuevos proyectos urbanísticos que las autoridades del país magrebí ejecutan. Especialmente la nueva Torre Mohamed VI, la que será la más alta de África -y de la que se ha dado cuenta en estas páginas-, y de la ampliación de la estación de Rabat-Ciudad. La UNESCO le da al Ejecutivo marroquí hasta febrero del año que viene “lamentando enormemente que los detalles completos de ese gran programa y los proyectos individuales que lo componen no han sido sometidos previamente a examen”. 

Rabat se ve enfrascada así en un debate al que ha llegado mohína. Pocas dudas caben de que el reguero de nuevas construcciones que, con mayor o peor gusto y oportunidad, recorren la ciudad tienen el sello o la aquiescencia del rey de Marruecos, Mohamed VI, consciente de que aquella es el escaparate del país en tanto que capital administrativa. El monarca ha dado ya prueba repetida de su afán por presentar un país moderno a base de audaces proyectos. Rabat es la niña de sus ojos. 

Rabat
PHOTO/ANTONIO NAVARRO AMUEDO - Imagen de la alcazaba de los Udayas de la capital de Marruecos

Pero Rabat no tiene afanes de grandeza. Lo saben quienes la conocen, no tienen duda alguna quienes cayeron para siempre en las trampas de su embrujo. No hay silencio nocturno más bello que el de barrios como Akkari, Kamra o Diour Jamaa en su soledad de callejones tristes y miseria. Rotundo es también el silencio del bulevar Mohamed V y la avenida Hasán II cuando los conductores han despejado la explanada de los Grand Taxi y los trapicheadores han recogido los bártulos del suelo, cuando los vendedores de bocadillos de carne picada y zumos se han retirado. Y cuando los mozos que barren y recogen la basura a la entrada de la medina han acabado un día más con la tarea. Solo quedan gatos dándose el festín, vendedores de bocadillos de carne picada y especiada entre el tufo de las parrillas y policías agazapados en sus garitas.

Los amantes de Rabat sabemos que ya hay una ciudad que se empieza a escapar de nuestras manos. Una Rabat que perdemos inexorablemente. Los pescadores que cada mañana preparan sus redes a orillas del Buregreb, con la atenta mirada de la alcazaba, cada vez más con formas de figurantes, son solo ecos de la ciudad que conocimos y se está marchando. Los amantes de Rabat recuerdan con nostalgia el estuario del Buregreg antes de las obras de construcción de la marina, que ha llenado de adosados y barquitos de recreo la vista desde la medina y los Udaya. También se ha estropeado la visión que se tenía desde la terraza del Café Moro, donde parejas locales hacen manitas y se achuchan a escondidas y grupos de turistas beben té con hierbabuena y comen pastas de almendra y ajonjolí.

No creemos que Mubarak, el intrépido portero bereber de uno de los bloques de la calle Patrice Lumumba, en el barrio de Hassan, tenga mucha idea de las polémicas que han llevado a la ciudad escenario de su lucha cotidiana por la supervivencia a los titulares del papel e internet. Tampoco pensamos que, de tener noticias, le importe mucho, como a los miles de protagonistas de la intrahistoria de Rabat, rompeolas de bereberes, saharauis, rifeños, subsaharianos y demás habitantes de este sufrido solar africano. 

Los amantes de Rabat saben que hay una ciudad que se empieza a escapar de nuestras manos. Los pescadores que cada mañana preparan sus redes a orillas del Buregreg, cada vez más con trazas de figurantes, son solo ecos de la ciudad que conocimos 

Las inesperadas obras en la vieja fonda de la calle de los Cónsules, donde llegaban tradicionalmente comerciantes para vender su mercancía en la ciudad y desde hace años trabaja Reda en su negocio de chilabas y pañuelos, nos recuerdan que la ciudad está mudando de piel. El primer aviso, feliz para los trabajadores que cada mañana viajan desde la vecina Salé para trabajar en Rabat y se dan citan en Bab el-Had, fue la llegada del tranvía. A partir de ahí vinieron muchas cosas, como la estación de Agdal –donde llega el tren de alta velocidad-, el futurista Gran Teatro de Rabat –obra de la fallecida arquitecta anglo-iraquí Zaha Hadid-  o el museo de arte contemporáneo Mohamed VI. Hasta la torre Hassan, símbolo de la ciudad, que se asoma, achatada, al valle del Buregreg le han puesto unas luces rojas de aire discotequero para las noches.

Con mejor o peor gusto, hay un feliz denominador común, y es el ramalazo de buen gusto que siempre aflora en todos estos proyectos. Ya se trate de la cubierta metálica del nuevo centro comercial de Agdal -ha costado una década verlo emerger de aquel solar-, que es como el barrio de Salamanca de Rabat, o de los quitamiedos de las avenidas más transitadas, alguien tuvo el atino de embellecerlos con motivos geométricos islámicos como los de la azulejería de una orilla y otra del Estrecho. 

Rabat
PHOTO/ANTONIO NAVARRO AMUEDO- Perspectiva del cementerio de los Udaya, en Rabat

Los caprichos de la naturaleza han querido que la larga ‘corniche’ o ronda litoral que conecta la medina con la carretera de Temara, hacia el sur, haya quedado por ahora a salvo de desmanes. Hay poca playa y mucha roca, y también mucha reticencia entre los marroquíes a enfrentarse cara a cara con el bravo Atlántico, que se alza como una oscura y misteriosa presencia, como si los habitantes de la ciudad siguieran temiendo la llegada de los piratas que un día hicieron famosa la ciudad. Salpican la carretera costera campitos de fútbol que el ayuntamiento ha construido para que los chavales se centren en jugar a la pelota y desoigan los cantos de sirena de predicadores religiosos y otros peligros. Y la desmesurada Gran Piscina de Rabat, lo más de lo más desde su inauguración este verano: un remojadero masivo a la orilla del Atlántico. Otra rompedora obra en esta ciudad circular e inexorablemente lenta y anticosmopolita.  

Por suerte, las grúas y los estudios de arquitectura no podrán acabar con el cielo de Rabat. No habrá desgracia que se conjure contra los infinitos tonos de azul y añil que coronan la ciudad. A diferencia de los cielos que perdió Sevilla según el poeta Romero Murube, la ciudad hermana del otro lado del Estrecho no perderá los suyos. Tampoco acabarán con su cegadora luz. Y no son las únicas cosas que harían merecedora a Rabat del título de ciudad Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Candidatos son también, entre otros, el olor a guiso y salitre de las callejuelas de la medina a mediodía, la pulcritud con la que ebanistas y peleteros trabajan sus tallas en los talleres, la textura con la que a las mujeres rabatíes les sale en plena calle el ‘msemem’ (la crêpe marroquí) para el desayuno o el mágico ritmo, casi de director de orquesta, con el que los limpiabotas pasan el cepillo de izquierda a derecha y de derecha a izquierda al calzado del paseante. 

Por suerte, las grúas y los estudios de arquitectura no podrán acabar con el cielo de Rabat. No habrá desgracia que se conjure contra sus infinitos tonos de azul y añil. Ni contra su luz cegadora

Las ciudades están vivas. Todo fluye, nada permanece. Y la perla del Buregreg no es la excepción. Rabat es una ciudad joven y llena de energía. Agdal, Souissi, Hay Riad. Hay mucha vida más allá de la antigua medina. La ciudad extramuros crece con orden y con predominio de alturas bajas. Nadie quiere limitar el progreso. Los marroquíes desean que la ciudad siga ofreciendo oportunidades -a un país aún muy pobre y necesitado-, más allá de altos funcionarios, diplomáticos, becarios foráneos y empresarios. Pero la ciudad tiene sus ritmos y sus códigos y ella, por prudencia, no se queja. Pero corresponde a sus hijos y a sus amantes alzar la voz antes de que se perpetre alguna fatalidad.

Porque Rabat es tímida. Tánger, Casablanca, Fez o Marrakech se han llevado la fama, y han tenido a Bowles, Chukri, Genet, Matisse o Goytisolo para que les escribieran o pintaran, y, en cambio, Rabat ha pasado más inadvertida. Entre quienes han dado muestra reciente de su amor por la ciudad de los moriscos ibéricos hay dos españoles, los profesores Lines González y Alberto Gómez Font.  

La ciudad quiere, en fin, seguir viviendo ajena a polémicas y titulares, reinar luminosa frente a la inmensidad del Atlántico con su habitual discreción. Y nosotros, viajeros, paseantes, enamorados todos de la antigua República del Buregreg, deseamos que la vida nos dé el privilegio de poder seguir disfrutándola. 

Tal vez más pronto que tarde la vieja dama del Atlántico pierda la paciencia y acabe estallando. En esta controvertida era de proyectos rutilantes, grúas y piquetas, lo mejor que hacemos es seguir el consejo de Juan Ramón: “¡No le toques ya más, que así es la rosa!”. Como las rosas escondidas que crecen, entre naranjos y jacarandas, en el silente jardín andaluz de la alcazaba rabatí.