Opinión

El primer paso de Lai Ching-te

Fotografía de archivo, el vicepresidente de Taiwán, William Lai, asumió la presidencia del gobernante Partido Democrático Progresista en Taipéi, Taiwán, el 18 de enero de 2023 - REUTERS/ANN WANG
photo_camera Fotografía de archivo, el vicepresidente de Taiwán, William Lai, asumió la presidencia del gobernante Partido Democrático Progresista en Taipéi, Taiwán, el 18 de enero de 2023 - REUTERS/ANN WANG

Hijo de un minero taiwanés, William Lai completó sus estudios especializados sobre la médula espinal en la Universidad de Harvard para después compaginar su carrera de médico con la política. Llegó a vicepresidente del Gobierno antes de presentarse a la elección en 2024 que acaba de ganar con más de un 40% de los votos. 

  1. Legitimidad política de Taiwán

El Gobierno de la República Popular China le ha calificado como un alborotador, mientras los líderes de las democracias liberales de Asia y del resto del mundo le ven como un firme valor para la democracia y un líder sólido para avanzar en la conciliación que Estados Unidos pretende impulsar. Y que consiste en promover un espacio multilateral en Asia en el cual China valore el progreso alcanzado en las tres últimas décadas, sin renunciar a la aspiración política de la soberanía sobre Taiwán, pero respetando la independencia que de facto mantiene la democracia taiwanesa. 

La victoria del Partido Democrático Progresista en las presidenciales sobre sus rivales, los nacionalistas del Kuomingtang y del nuevo Partido Popular de Taiwán, y la mayoría simple obtenida en la Cámara Legislativa, consolidan el proyecto de progreso democrático en la isla y fortalece el estatus quo actual. 

“Entre democracia y autoritarismo estaremos al lado de la democracia”, afirmó William Lai al ganar las elecciones presidenciales que se celebraron por primera vez en la isla en 1996. Después de unos años de incertidumbre que se habían iniciado en los años 70 cuando Estados Unidos reconoció al Gobierno de la República Popular China y abrió la puerta del orden internacional al renovado Partido Comunista liderado por Deng Xiao Ping. 

El éxito del comunismo de mercado, la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio y su crecimiento exponencial como potencia económica, dejaron a Taiwán en una posición de creciente preocupación política que fue paliada desde Washington con la firma de la Taiwán Relations Act en 1979 y por las medidas de reaseguro a las que se comprometió Reagan en 1982. Básicamente consistían en defender la soberanía que en la práctica mantenía la isla y el aprovisionamiento de material militar y ayuda estratégica para disuadir a China de una posible intervención armada. 

Legitimidad política de Taiwán

Pero el gran salto a la democracia en 1996 proporcionó al pequeño dragón asiático una legitimidad política que ha consolidado su economía: diversificada, orientada al comercio multilateral incluyendo a la China continental (35% de sus exportaciones) y especializada en sectores de valor tecnológico como los semiconductores, mercado en el que los taiwaneses son líderes. La victoria del PDP, enfrentado a un Kuomingtang cada vez más partidario de la aproximación a la China de Xi Jinping, significa el éxito de una larga estrategia política orientada a que Taiwán mantenga una personalidad independiente, aunque su representación diplomática y su acción exterior no sea equiparable a la de un Estado soberano, y esté debilitada en numerosos foros donde el resto de los aliados asiáticos y Estados Unidos deben de seguir apoyando sus intereses. 

Xi Jinping afirmó en 2014 que el proyecto de rejuvenecimiento de China pasaba por la integración definitiva de Taiwán en una única soberanía, superando la fórmula de dos sistemas y un Estado que habían dado por buena los líderes chinos hasta ese momento, también en Hong Kong. Desde entonces, la presión de la China comunista, las maniobras intimidatorias de sus Fuerzas Armadas y la estrategia de rivalidad con Estados Unidos han marcado unos años de mayor tensión para los taiwaneses. Con la elección de Lai Ching-te la tensión no desaparece, si bien el criterio norteamericano de respetar la voluntad del pueblo en un país democrático como Taiwán se fortalece. Como también se fortalece el entramado de alianzas en Asia Pacífico donde la pieza de Taiwán tiene un valor estratégico primordial tanto por su situación geopolítica, como por las dificultades que tendría una hipotética invasión y el posterior control militar del territorio por parte de una potencia agresora como podría ser China. 

El informe “US – Taiwán Relations in a new era”, elaborado por el Council of Foreign Relations en 2023, plantea un profundo análisis para valorar la mejor estrategia de Estados Unidos en Taiwán. En él se analizan aspectos militares, diplomáticos y económicos para proponer distintas opciones de actuación. La más respaldada por los expertos es la de mantener el apoyo militar, especializando y actualizando la calidad del material enviado y compartiendo recursos. Pero al mismo tiempo reforzando las acciones diplomáticas para hacer comprender a China que los logros alcanzados durante décadas han permeado en los tres actores y pueden seguir haciéndolo en un nuevo marco de progreso económico y relaciones de cooperación entre ellos. Y también para seguir ayudando a que la democracia taiwanesa encuentre un espacio internacional donde su experiencia aporte valor político, económico y tecnológico. 

William Lai ha hablado de conciliación en su primera intervención pública. Un primer paso para superar una década compleja y desordenada cuyos efectos nocivos han salpicado a la región de Asia Pacífico y con mayor fuerza al centro de Europa, Ucrania, Oriente Medio y a Gaza. Si la llegada del nuevo presidente taiwanés al poder se convierte en un paso firme en la buena dirección tiene que confirmarlo ahora la respuesta política de Xi Jinping. De ello depende el futuro de la estabilidad de China, de Asia y del conjunto del entorno global, más atento a las elecciones en Taiwán de lo que nunca estuvo.