El nacionalismo no es de izquierda, es retrógrado

Un votante deposita su voto en Pontevedra, el 18 de febrero de 2024 durante las elecciones regionales en Galicia - PHOTO/MIGUEL RIOPA/AFP
Un votante deposita su voto en Pontevedra, el 18 de febrero de 2024 durante las elecciones regionales en Galicia - PHOTO/MIGUEL RIOPA/AFP

Ya se ha escrito todo, o casi todo, sobre las elecciones en Galicia. Que el Partido Popular revalida su condición de mención “Cum Laude” como el mejor instrumento político para dirigir el crecimiento de Galicia; que “o socialismo galego”, la carátula de Pedro Sánchez en la región, ya no cuenta; y que los partidos de la efímera “guerra contra las élites”, PODEMOS y SUMAR, no consiguen convencer más allá de amigos y parientes. Por cierto, el exterminio político de Yolanda Díaz en su feudo gallego de Fene le debería hacer inapta para ejercer cualquier función gubernamental, y su mantenimiento como vicepresidenta resulta bochornoso; y de esta no se cura ni con la bendición papal.

  1. No todo el independentismo es de izquierdas

No todo el independentismo es de izquierdas

Pero hay algo de lo que se habla poco, y resulta preocupante. Todos los medios de comunicación, públicos y privados, de todos los colores políticos, presentan al Bloque Nacionalista Gallego (BNG), que ha conseguido una segunda posición en las urnas con 25 escaños, como una formación de izquierda. Caracterización ambigua, que yo considero falsa.  Wikipedia, esa enciclopedia al alcance de todos que abunda en las imprecisiones y conjeturas interesadas, define al BNG como “una formación política española cuya ideología se fundamenta en el nacionalismo y el independentismo gallegos de izquierda”. 

Admito que el independentismo puede ser considerado de izquierda; la prueba está en las luchas anticoloniales de la segunda mitad del siglo XX, en Asia, África y Latinoamérica contra las metrópolis usurpadoras que saqueaban las riquezas de otros pueblos sometidos a su dominio. Vale. Aunque no todos los independentismos lo son: no lo es el bretón, ni el escocés, ni el flamenco, ni el catalán, ni el vasco, ni, por supuesto, el gallego. Porque eso significa retroceder unos cuantos siglos en la historia. Hay independentismos de izquierda, y los hay que no.

En cuanto al nacionalismo en este siglo XXI en particular, es retrógrado, insolidario, injusto, rancio y, en consecuencia, reaccionario. Y el BNG, en su origen, en su estructura y objetivos, al igual que sus homólogos del PNV vasco y los catalanes de Convergencia i Unió de Jordi Pujol y ahora JUNTS de Carles Puigdemont, son ideológicamente reaccionarios y retrógrados. Otra cosa es que en sus quehaceres políticos se tinten de emblemas sociales para encarrilar jóvenes peleones y mayores insatisfechos. Esas reivindicaciones económicas, de salud pública, de viviendas dignas, de transporte popular, pueden, y a menudo lo son, ser de izquierda (si bien aquí yo creo que habría que suprimir el calificativo, ya que la derecha también las defiende). Pero el instrumento que las vehicula es esencialmente discriminatorio, llegando sin sonrojarse al supremacismo lingüístico, étnico y racial. 

Una parte de los electores del BNG buscaba este timón nacionalista. Pero lo que hay que preguntarse es por qué decenas y quizás cientos de miles de los 460.000 obtenidos por el Bloque le dieron su confianza. ¿Se trata de una parte de la sociedad gallega que se siente abandonada? ¿Han querido emular a catalanes y vascos para que Madrid los oiga? ¿Se creen marginados por el poder central? Una nueva asignatura para la Xunta que tendrá que imaginar soluciones realistas y realizables. 

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