Tras dos años de guerra, en la mayoría de las regiones que estuvieron ocupadas los ucranianos no han podido volver a sus hogares, y los que han vuelto dependen de la ayuda humanitaria

Las cicatrices de la invasión rusa de Ucrania: pueblos enteros arrasados, deshabitados y minados

Puente sobre el río Dónetsk a su paso por el sur de Járkiv, totalmente destruido durante los primeros meses de la invasión rusa de Ucrania - PHOTO/MARÍA SENOVILLA
Puente sobre el río Dónetsk a su paso por el sur de Járkiv, totalmente destruido durante los primeros meses de la invasión rusa de Ucrania - PHOTO/MARÍA SENOVILLA

María Senovilla, desde Sviatorhirsk 

Conducir por la carretera que conecta el Dombás con el sur de Izyum (Járkiv) es emprender un viaje por la desolación de la guerra. Pueblos enteros bombardeados y sin rastro de vida van emergiendo a ambos lados del camino, uno tras otro. Ni siquiera es posible detenerse a recorrer sus calles –o lo que queda de ellas– porque están sembrados de minas. Es el regalo envenenado que dejaron las tropas rusas cuando ocuparon esta región.

  1. Ayuda con humanidad
  2. Puerta a puerta
  3. La reconstrucción
  4. Sin niños, sin vida

En algunos lugares la ocupación duró casi seis meses, en otros un poco menos. Pero fue el tiempo suficiente para generar algunos de los testimonios más duros de esta guerra: los relatos sobre las cámaras de tortura y las atrocidades que los rusos cometieron en ellas. Torturas casi medievales en algunos casos, que se llevaron a cabo con total impunidad en pleno siglo XXI –y que probablemente se sigan cometiendo hoy en ese 20 por ciento de Ucrania que sigue bajo la ocupación rusa–.

Junto al miedo que sintieron los ucranianos a ser detenidos en cualquier momento por los ocupantes, se sumaba la escasez de comida, la falta de medicamentos, los cortes en el suministro eléctrico, de gas y de agua corriente. Y la profunda destrucción que estaba reduciendo a cenizas sus hogares en medio de interminables duelos de artillería. 

Muchos huyeron durante las primeras semanas de la guerra, sobre todo las familias con niños. Pero los que se quedaron –mucha gente de avanzada edad– pasaron la mayor parte de ese tiempo durmiendo en sótanos insalubres, rezando para que a la mañana siguiente, cuando salieran de aquellos agujeros, sus casas aún estuvieran en pie.

En muchos casos sus ruegos no funcionaron. El 10 por ciento del parque de viviendas de Ucrania ha sido destruido durante estos dos años de invasión; y la región de Járkiv es la que acumula más destrucción, junto con algunas partes del Dombás. No sólo se redujeron a escombros casas particulares, también colegios, hospitales, universidades, bibliotecas, iglesias. No se respetó nada –sigue sin respetarse hoy, con el repunte de nuevos bombardeos rusos que no dan tregua en esta parte del país desde que empezó el año–.

Los vecinos de Sviatorhirsk, donde hoy sólo quedan un 10 por ciento de sus residentes, recogiendo ayuda humanitaria - PHOTO/MARIA SENOVILLA
Los vecinos de Sviatorhirsk, donde hoy sólo quedan un 10 por ciento de sus residentes, recogiendo ayuda humanitaria - PHOTO/MARÍA SENOVILLA

Ayuda con humanidad

La carretera nos lleva hasta Sviatorhirsk, en un hermoso valle conocido por albergar el Monasterio de las Montañas Sagradas del Tránsito de María, a orillas del río Donetsk. En este pueblo vivían 12.000 personas antes de la guerra, hoy queda un 10 por ciento. Durante la ocupación –entre junio y septiembre de 2022– eran aún menos, pero algunas familias decidieron volver y empezar a reconstruir sus hogares.

Es el caso de Katerina y su marido, Roman. “Sabíamos que tras la desocupación teníamos que volver a nuestra tierra natal y ayudar a la gente a recuperarse de la invasión”, relata ella. Hoy esta pareja coordina una de las cocinas que la ONG del chef español José Andrés –World Central Kitchen– ha abierto en Ucrania. 

Cada día reparten comida a más de 600 personas. "Hace dos meses eran más de 1.000, pero mucha gente se ha ido cuando ha empezado el invierno, porque las condiciones aquí son muy duras: no hay calefacción ni gas, y aunque han reconectado la electricidad, los apagones son muy frecuentes", explica Katerina. Ha pasado año y medio desde que las tropas ucranianas liberaron la ciudad, pero están muy lejos de poder retomar su vida normal.

El goteo de gente que pasa por este comedor es incesante. “Recogen las raciones entre las 12 y las 14 horas todos los días, pero también las repartimos por el pueblo con una furgoneta”, aclara Katerina. En total trabajan doce personas en este comedor social. “Los sueldos son pequeños, pero ayudan a que las familias se puedan quedar aquí y seguir poco a poco con la reconstrucción”, añade.

Más allá de los salarios, la sonrisa con la que ayudan a sus vecinos te reconcilia con el mundo. En estos dos años de guerra, desolación y muerte, he tenido ocasión de ver muchos repartos de ayuda humanitaria. Las personas que la reciben normalmente son muy reacias a que las fotografíen: sus rostros serios indican que no quieren ser vistos en ese momento de vulnerabilidad que les ha llevado a pedir comida.

Reparto de comida diario que hace la ONG española del chef José Andrés en Sviatorhirsk para más de 600 personas - PHOTO/MARÍA SENOVILLA
Reparto de comida diario que hace la ONG española del chef José Andrés en Sviatorhirsk para más de 600 personas - PHOTO/MARÍA SENOVILLA

Sin embargo, en las colas de gente que espera a la furgoneta de World Central Kitchen están hablando animadamente. Incluso bromean con la periodista que suscribe estas líneas, cuando la ven caminando entre el barro. Una mujer mayor cuenta que su hija está en Alemnia, refugiada; otro hombre, que la televisión francesa le entrevistó una vez. Todos coinciden en que tienen ganas de vivir un día más.

Puerta a puerta

La última parada de la furgoneta es la más especial. Llevan la comida para una sola persona que vive en una casa baja bastante alejada del centro, con la típica valla de color verde que tanto se ve por Ucrania. Allí los espera Eugenia, de 89 años, que se vale por sí misma como puede, porque no tiene familia. Sólo la acompañan un gato naranja y un perro que se pone a saltar cada vez que ella está cerca.

“Tengo una hermana de 93 años en Lyman, ella tampoco tiene hijos”, confiesa. Lyman también padeció la ocupación rusa en 2022. Cuando el Ejército ucraniano liberó la ciudad, entre edificios completamente bombardeados, sus vecinos confesaban que  pasaron hambre durante aquellos meses.  Hoy, al igual que Sviatorhirsk, Lyman también está muy lejos de volver a la normalidad.

Eugenia sale hasta la valla –rodeada de nieve– para despedirse. La sonrisa en el rostro de esta pequeña mujer parece imborrable, como las arrugas que ha dejado ahí el paso del tiempo. Ha resistido la invasión, las carencias de comida, la falta de atención médica, de electricidad o de calefacción. Y ha resistido también la soledad de la guerra, como millones de ancianos que se han negado a evacuar de lugares donde es casi imposible seguir viviendo. 

No hay cálculos exactos de cuántas personas están viviendo en estos momentos en Ucrania sin calefacción, suministro de gas, agua potable y con continuos cortes eléctricos. Pero Naciones Unidas ya ha advertido de que el 40 por ciento de los ucranianos va a necesitar ayuda humanitaria en 2024 para poder sobrevivir.  

Eugenia, una de las vecinas de Sviatorhirsk de más edad, ha resistido sola la ocupación rusa y los meses de adversidades que han venido después - PHOTO/MARÍA SENOVILLA
Eugenia, una de las vecinas de Sviatorhirsk de más edad, ha resistido sola la ocupación rusa y los meses de adversidades que han venido después - PHOTO/MARÍA SENOVILLA

Durante los primeros meses de invasión, millones de personas se volcaron para enviar comida, medicamentos o ropa. Desde Japón a Australia, Estados Unidos o Canadá, y por supuesto desde la Unión Europea. Las imágenes de la guerra sobrecogieron al mundo, y la respuesta fue contundente. El problema es que, a día de hoy, mucha de la gente que ayudó en aquel momento piensa que la guerra aquí ya ha terminado.

Los focos informativos se han apagado hace meses y Ucrania ya no sale en la televisión. Y si un conflicto no sale en las noticias, no existe. Así que ya apenas llega ayuda, más allá de la que siguen enviando las grandes ONG. Es la otra realidad de la guerra, la del olvido. Un olvido del que los ucranianos que siguen aquí –bajo las bombas– también son conscientes. Y les duele.

La reconstrucción

La ayuda que llega se almacena en uno de los edificios de la Administración Regional  de Sviatohirsk. Otra mujer está al frente de la coordinación, Olga. Ella se quedó durante la ocupación porque su madre era muy mayor, y cuando liberaron la ciudad y vio que su trabajo era útil, descartó la idea de marcharse a otro sitio donde vivir en mejores condiciones.

“Necesitamos reconstrucción”, repite una y otra vez. “La reconstrucción genera puestos de trabajo, permite que las familias que están aquí se queden y que otras puedan regresar”, aclara. No quieren que les regalen peces, quieren poder pescar en su estanque. 

“Ahora ni siquiera tenemos hospital, bueno hospital sí, el edificio está ahí: pero no hay médicos ni enfermeras”, relata Olga. El hospital funciona ahora como albergue para 67 personas de la ciudad, cuyas casas han sido bombardeadas. Pero si alguien enferma hay que evacuarlo –por unas carreteras que también han sufrido los rigores del combate y están poco transitables–.

“¿Qué hacéis cuando hay una urgencia médica?”, pregunto. “Rezar, porque la ayuda viene desde Sloviansk, y allí están bastante desbordados”, sentencia Olga, que habla de generar empleo cómo única solución para que los lugares arrasados por la guerra vuelvan a ser espacios habitables donde haya médicos, profesores y futuro.

Un nuevo centro infantil, contruido por una ONG ucraniana en Sviatorhirsk para que los 45 menores que hay ahora en la ciudad puedan realizar actividades educativas - PHOTO/MARÍA SENOVILLA
Un nuevo centro infantil, contruido por una ONG ucraniana en Sviatorhirsk para que los 45 menores que hay ahora en la ciudad puedan realizar actividades educativas - PHOTO/MARÍA SENOVILLA

En un reciente informe elaborado por Naciones Unidas, la Unión Europea y el Banco Mundial aseguran que en estos momentos son necesarios 487.000 millones y diez años de tiempo para reconstruir Ucrania. 

Pero en muchos de los lugares que necesitan la reconstrucción, antes de empezarla, habría que limpiarlos de minas antipersona y restos explosivos. Otro trabajo titánico, si tenemos en cuenta que Ucrania se ha convertido en el país más minado del mundo como consecuencia de la invasión rusa.

Sin niños, sin vida

Como en todas las regiones que están cerca de la –larguísima– línea del frente de combate, en Sviatorhirsk no hay clases presenciales en los colegios. De hecho, la mayor parte de los edificios donde se levantaban las escuelas están dañados. Así que han tenido que empezar de cero. Ha sido otra ONG –ucraniana– la que ha construido un lugar para los 45 menores que viven ahora aquí.

“Es importante que tengan un sitio físico al que venir, donde puedan jugar, hacer actividades educativas o ver películas. La guerra es especialmente dura para ellos”, explica Irina, la mamá de uno de estos niños, que se desliza sobre un pequeño patinete de un lado a otro mientras hablamos. “Algunas de las familias que se han instado aquí son desplazados internos de lugares donde lo han pasado muy mal, como Mariupol o Avdiivka”, apostilla. 

Cuesta imaginar los traumas que pueden arrastrar algunos de estos niños ucranianos. La directora del Hospital y Hospicio Infantil de Cuidados Paliativos de Járkiv aseguraba que, desde que empezó la invasión, se han duplicado los casos de trastornos mentales en menores, inducidos por el estrés de la guerra. “La solución requerirá tiempo”, afirmaba esta doctora.

Además de tiempo, también hacen falta terapias especiales. En una de las habitaciones de este centro infantil de Sviatorhirsk hay una larguísima mesa llena de pinturas, rotuladores y material para manualidades. “Aquí hacemos arte terapia”, aclara Irina. A veces un folio y unos lápices de colores son las únicas herramientas que tiene un niño para expresar lo que siente en mitad de un bombardeo.

Una niña juega juento a su madre en el centro infantil de Sviatorhirsk - PHOTO/MARÍA SENOVILLA
Una niña juega juento a su madre en el centro infantil de Sviatorhirsk - PHOTO/MARÍA SENOVILLA

El empeoramiento de la salud mental –en niños y también en adultos– es otro de los “daños colaterales” de las bombas que Putin sigue lanzando con total impunidad sobre Ucrania. Según la ONU, 10 millones de personas en Ucrania corren el riesgo de sufrir estrés agudo, ansiedad, depresión, consumo de sustancias y trastorno de estrés postraumático.

Después de dos años, las cicatrices de la guerra en Ucrania son muy profundas. Y no son sólo las que se producen en el campo de batalla; las peores son las que están más lejos del frente de combate. Pueden verse en los edificios –resquebrajados por las bombas– que recuerdan la desolación, el vacío y el dolor de quiénes fueron expulsados de sus casas a golpe de cañón. Pero es en la mirada de la gente donde se perciben con más claridad. 

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