El gran objetivo ruso de recuperar un estatus relevante en el sistema internacional pasa por alcanzar una diversificación de sus aliados en Asia Oriental

Interacción de las grandes potencias en Asia Oriental (2): Rusia

PHOTO/POOL/AFP/MIKHAIL KLIMENTYEV - Esta fotografía de grupo distribuida por la agencia estatal rusa Sputnik muestra al presidente de Rusia, Vladímir Putin, participando en una cumbre virtual de líderes del G20 en Moscú el 22 de noviembre de 2023
PHOTO/POOL/AFP/MIKHAIL KLIMENTYEV - Esta fotografía de grupo distribuida por la agencia estatal rusa Sputnik muestra al presidente de Rusia, Vladímir Putin, participando en una cumbre virtual de líderes del G20 en Moscú el 22 de noviembre de 2023

Este documento es copia del original que ha sido publicado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos en el siguiente enlace.

La progresiva importancia de Asia Oriental para Rusia ha hecho del vector oriental de su política exterior una prioridad. Por un lado, la presencia de la Federación Rusa en la región se ha visto limitada debido a su creciente subordinación ante China como demuestra el rechazo ruso al concepto de Indo-Pacífico, calificado por Moscú como un intento estadounidense de contener a Beijing. Sin embargo, la deriva de las relaciones sino-rusas es percibida con reticencia por ciertos sectores del Kremlin al ser considerada cualquier dependencia del gigante asiático un escenario contrario a los intereses rusos. Esta situación, sumada al progresivo deterioro de sus relaciones con Occidente, ha hecho que el gran objetivo ruso de recuperar un estatus relevante en el sistema internacional pase por alcanzar una diversificación de sus aliados en Asia Oriental.

Rusia entre Asia y Europa: equilibrando su alianza con la RPC y sus intereses globales

En un contexto marcado por el progresivo deterioro de las relaciones ruso-occidentales, la región de Asia Oriental ha adquirido una persistente importancia para los intereses de la Federación Rusa hasta convertirse en una de las prioridades regionales dentro de su actual política exterior.

Además de la autoridad vertical1 que determina la acción exterior rusa, el papel de Asia Oriental para los intereses rusos depende de la multidimensionalidad en el discurso de política exterior existente en el país, donde coexisten una serie de corrientes como el occidentalismo, el nacionalismo y el eurasianismo, las cuales funcionan en lógicas excluyentes o bien en complementariedad (Kotz y Weir, 2007: 285-286).

De esta manera, determinada por una singular combinación entre el anhelo por un pasado glorioso y una mirada pragmática al futuro, la actual política exterior rusa se caracteriza por una multivectorialidad que hace del espacio postsoviético un área prioritaria de acción junto a las dimensiones occidental y asiática (Freire, 2011: 50-53). Como señala Magda Leichtova (2016: 23), tal apuesta explica por qué hoy Rusia crea coaliciones más flexibles con diferentes actores internacionales dependiendo de la eventual situación existente.

Ya en la década de los noventa, con la llegada de Yevgeny Primakov al Ministerio de Relaciones Exteriores en enero de 1996, surgiría en Rusia el interés por reforzar los vínculos con los países de Asia Oriental. Contrariamente a las políticas pro-occidentales implementadas por su antecesor, Andrey Kozyrev, la denominada “Doctrina Primakov” abogaba por el multivectorialismo y por la multipolaridad internacional con el propósito de hacer de contrapeso a la hegemonía norteamericana en el sistema unipolar entonces existente (Morales Hernández, 2018: 428).

Manteniéndose esta apuesta por la multipolaridad y la multivectorialidad, desde la llegada de Vladimir Putin al poder en el año 2000 el principal objetivo de la política exterior rusa ha sido lograr una estabilidad económica que dotase al país de la capacidad de retomar la anhelada relevancia internacional y de convertirse en un actor independiente capaz de contrarrestar a Occidente (Mankoff, 2009: 11-12).

Por otro lado, si bien su alianza con China resulta esencial para alcanzar tales propósitos, el progresivo ascenso del gigante asiático como potencia internacional y el consiguiente aumento de su influencia regional ha resultado en el acercamiento de países que tradicionalmente han pertenecido a la órbita rusa hacia Beijing, lo que supone un desafío a afrontar para Moscú (Trenin, 2016: 11).

En este contexto, Asia Oriental se ha convertido en una zona de especial interés para la Federación Rusa a todos los niveles. El “Pivot to Asia” ruso sería implementado por Vladimir Putin desde el inicio de su tercer mandato en 2012 y se vería acelerado dos años después con el deterioro de las relaciones ruso-occidentales por el conflicto en Ucrania. Así, con el objetivo de convertir al país en una potencia conectada a Asia, la nueva estrategia rusa buscaría especialmente modernizar el Lejano Oriente ruso y forjar las relaciones tanto con China como con los países de Asia Oriental (Korolev, 2016: 55).

Enmarcados en la región de Asia-Pacífico, en el que hasta ahora era el vigente Concepto de Política Exterior de la Federación Rusa (2016) se reconocía la creciente importancia de estos países para los intereses rusos. En primer lugar, se recogía la notable relevancia que la región adquiría para el país al desplazarse hacia Asia-Pacífico el centro del poder global:

The world is currently going through fundamental changes related to the emergence of a multipolar international system. The structure of international relations is becoming increasingly complex. Globalization has led to the formation of new centres of economic and political power. Global power and development potential is becoming decentralized, and is shifting towards the Asia-Pacific Region, eroding the global economic and political dominance of the traditional western powers» (Ministry of Foreign Affairs of the Russian Federation, 2016)

La Federación Rusa aborda así la región desde una perspectiva global percibiéndose el auge de esta última en términos de reequilibrio global. Por ello, este nuevo vector basado en una renovada participación en la zona se deriva del deseo ruso de asumir un perfil destacado como actor independiente a nivel internacional y de resurgir como potencia (Melvin, 2021: 5) (Lo, 2019: 4). En otras palabras, al considerarse esencial un nuevo orden global basado en relaciones más equitativas entre las principales naciones, el auge de la región concuerda con los intereses de Moscú en relación al orden existente. Esto explica los intentos del país a la hora de reafirmar su postura como actor desligado de Occidente y enfocado en la construcción de su propia base de poder en Eurasia (Trenin, 2013: 3) (Korolev, 2016: 59).

En efecto, diversos analistas coinciden en identificar la crisis financiera de 2008 como el principal punto de inflexión para el Kremlin a la hora de plantear un giro hacia el este en la política exterior rusa. Ocurrida un año después del discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich de Vladimir Putin (2007) en el que el Presidente ruso dejó clara su posición contra Occidente y la hegemonía estadounidense, la relativa solidez de los países asiáticos ante los efectos de dicha crisis harían que esta región se percibiese en el imaginario ruso como el nuevo centro de poder global (Østevik y Kuhrt, 2018: 78).

Por otro lado, debido a la modernización que experimentan los países de la zona en lo que se refiere a sus capacidades militares, Rusia encuentra en ellos una oportunidad para promover sus ventas de armas. Siguiendo los datos proporcionados por SIPRI (2023), durante las últimas dos décadas el país euroasiático ha sido el principal suministrador armamentístico de Asia Oriental y el Sudeste Asiático a nivel regional. Paralelamente, entre sus cinco principales clientes en este sector, Rusia encuentra a tres países procedentes de estas regiones como son los casos de India, China y Vietnam.

A excepción de Corea del Sur y Japón, aliados regionales de Estados Unidos, los datos muestran que Rusia ha sido el principal proveedor de armas a nivel bilateral de los países de Asia Oriental siendo sus cifras muy superiores a las que estos países tienen con el resto de sus proveedores. Si bien el caso más significativo es el de Vietnam al alcanzar cantidades cercanas al 80% en lo que se refiere a importaciones armamentísticas rusas, actualmente con la creciente dependencia rusa de China el gigante asiático puede persuadir a Moscú para reducir tales ventas a Hanoi atendiendo a sus pretensiones sobre el Mar de China Meridional. Si a ello se le añade el desempeño del equipo militar ruso en la guerra de Ucrania y el desgaste del mismo, puede preverse una búsqueda de fuentes alternativas por parte de Vietnam (Storey, 2022: 8).

Sin embargo, al existir una evidente complementariedad entre el que constituye uno de los principales exportadores energéticos a nivel mundial y las economías regionales pobres en energía, la principal oportunidad para Rusia a la hora de proyectarse como actor de relevancia en la región reside en el ámbito energético (Lo, 2019: 12-13). Si bien el vector oriental de la política energética rusa ya empezó a tomar forma en la Estrategia Energética de la Federación Rusa del año 2010, en la vigente Estrategia Energética aprobada en el año 2020 ya se establece como prioridad el aumento de exportaciones a la región como paso para alcanzar una diversificación del comercio energético (Government of the Russian Federation, 2020: 75).

Hasta ahora para conectar las exportaciones rusas con la zona son destacables algunos proyectos energéticos como el oleoducto Eastern Siberia-Pacific Ocean (ESPO) o el gasoducto Power of Siberia dirigidos principalmente hacia China, la joint-venture ruso- vietnamita Vietsovpetro y el proyecto Sakhalin I. Este último constituye la principal fuente de suministro de gas natural licuado hacia la región, lo que permite a Rusia operar activamente en un mercado donde se destaca la demanda de Taiwán, Japón y Corea del Sur (Sakhalin Energy, 2021: 67). Esto explica el interés de los países de Asia Oriental a la hora de invertir para la explotación conjunta de yacimientos de gas o la construcción de plantas de gas natural licuado en Yamal (Karaganov y Bordachev, 2018: 13).

Para contrarrestar los efectos de las sanciones occidentales en el mercado energético, Rusia busca acelerar su giro hacia Asia siendo prioritario para el Gobierno reorientar la infraestructura básica hacia el vector oriental. Como señala la Agencia Internacional de Energía en su último informe anual de 2022, se prevé un aumento de las exportaciones energéticas rusas hacia Asia. Pese a que esta tendencia ya puede observarse en el caso del petróleo, en lo que respecta a las exportaciones gasísticas tardará en tomar forma dada la necesidad de importantes inversiones en infraestructura especialmente si se pretende conseguir que el mercado oriental alcance las cifras que el mercado europeo ofrecía a Moscú antes de la invasión (IEA, 2022: 56).

La reciente salida de empresas internacionales de Rusia afecta a la viabilidad de proyectos energéticos ligados al mercado asiático como el mencionado proyecto Sakhalin I o el anhelado Power of Siberia 2 que conectaría al país con Mongolia y China ampliando las capacidades exportadoras hacia tales destinos. A estos desafíos a nivel logístico se le añade la incertidumbre en torno a la demanda procedente de Asia, donde el abanico de países que han impuesto sanciones contra Moscú comprende en esta ocasión a mercados como el de Japón y Corea del Sur (Shagina, 2022: 107-109).

Estos proyectos dependen asimismo de las condiciones de aquellas regiones orientales pertenecientes a la Federación Rusa por donde transitan y operan los mismos: Siberia y el Lejano Oriente ruso. Situadas en la zona oriental del vasto territorio ruso, estas regiones representan un desafío tanto financiero como de seguridad para el Kremlin debido a su patente subdesarrollo y a sus problemas demográficos o migratorios. Para hacer frente a tal situación, Moscú encuentra en la inversión de las economías asiáticas una rápida vía para garantizar su modernización y consiguiente estabilidad socioeconómica (Mankoff, 2015: 67-71).

Pueden identificarse como principales esfuerzos la adopción de los programas y fondos de “Desarrollo del Lejano Oriente y la Región de Baikal”, la creación del Ministerio para el Desarrollo del Lejano Oriente y diversas mejoras de infraestructura como la renovación del Ferrocarril Transiberiano que tienen como objetivo convertir Vladivostok en un centro de cooperación con Asia (Korolev, 2016: 53) (Karaganov y Bordachev, 2018: 13-14). Respecto a esto último, es a su vez destacable la creación a través del Decreto Presidencial No. 250 del 19 de mayo de 2015 del Eastern Economic Forum (EEF), un foro anualmente celebrado en Vladivostok creado con el explícito fin de promover el desarrollo del Lejano Oriente Ruso y la cooperación con la región asiática.

Dada su tímida contribución al PIB nacional a pesar de ser el Distrito Federal más extenso del país, el subdesarrollo del Lejano Oriente Ruso y su difícil integración con las economías asiáticas no sólo suponen un reto en términos económicos, sino también de seguridad. Así lo reconocía el propio Vladimir Putin (2013):

I will stress again that government and private sector resources should go toward development and achieving strategic objectives. For example, let’s look at such objectives as developing Siberia and the Far East. This is our national priority for the entire 21st century. The challenges we will need to tackle are unprecedented in their scale, which means we must take unconventional approaches […] What’s also important is to create conditions here that will be competitive with key business centres of the Asia-Pacific region. Such conditions should apply to authorisation procedures for construction, connecting to electricity networks, and passing through customs. We will make active use of the Far East Development Fund in order to resolve infrastructure issues in these territories (Putin, 2013).

Para afrontar los problemas que este territorio presenta, el Ministerio de Defensa ruso decidió crear el Comando Estratégico Conjunto “OSK East” también conocido como Eastern Military District (EDM), el cual absorbería los Distritos Militares de Siberia y el Lejano Oriente incluyendo la Flota del Pacífico (Weitz, 2019: 919). Este actúa como elemento disuasor ante la presión demográfica china sobre las regiones señaladas, así como ante los acontecimientos que ocurren en territorio asiático como las disputas territoriales de las Islas Kuriles y Sakhalín que aún marcan las relaciones ruso- japonesas.

Tales enclaves constituyen para Rusia una importante vía de acceso al Mar de Okhotsk y a la base naval de Petropavlosk en la península de Kamchatka (Hamzah et al, 2020: 294-295). A ello hay que sumarle la importancia estratégica que estas han adquirido para Moscú como resultado de la dinámica de poder regional y de la desconfianza rusa hacia el que constituye uno de los principales aliados de Estados Unidos en la región (Østevik y Kuhrt, 2018: 81-82).

Como resultado de la invasión de Ucrania, las tensiones sobre dichas islas han alcanzado un nuevo nivel. Mientras que Japón pondría fin a la cooperación económica tras las sanciones contra Rusia, el país europeo decidió detener las conversaciones de paz y revocar varios acuerdos de movilidad. Hasta entonces, como señala Dimitri Trenin (2016: 15), los objetivos rusos respecto a la estabilización de sus relaciones con Tokio eran la atracción de los recursos nipones para desarrollar el Lejano Oriente ruso y la consolidación de este último país como mercado para sus exportaciones energéticas.

Otro aspecto de interés para Rusia en términos de seguridad respecto a Asia Oriental es la cuestión de Corea, donde Moscú ha tratado de posicionarse como actor intermediario con el objetivo de resolver de manera pacífica las tensiones persistentes:

Russia is interested in maintaining traditionally friendly relations with the Democratic People’s Republic of Korea and the Republic of Korea and will seek to ease confrontation and de-escalate tension on the Korean Peninsula, as well as achieve reconciliation and facilitate intra-Korean cooperation by promoting political dialogue. Russia has always championed a non-nuclear status for the Korean Peninsula and will support its denuclearization in every possible way, believing that this objective can be attained through the six-party talks (Ministry of Foreign Affairs of the Russian Federation, 2016).

Como potencia nuclear, dicha postura responde a la preocupación rusa ante el posible estallido de un conflicto militar a las puertas de sus fronteras. De la misma forma, Rusia ha tratado de equilibrar su posición dados los intereses histórico-militares y económicos que ligan al país a Corea del Norte y Corea del Sur, respectivamente. No obstante, en la práctica cualquier implicación rusa en la cuestión se ha visto relegada a un segundo plano debido al papel de China y Estados Unidos, quiénes son los principales aliados de las partes implicadas (Trenin, 2016: 16).

En el caso de Taiwán, Rusia sigue una política similar a la que sigue en otras cuestiones de seguridad relativas a China como es el caso del Mar de China Meridional. Sobre estas, Moscú ha reiterado que no tiene intención de involucrarse optando así por una postura teóricamente neutral marcada por la crítica al papel estadounidense, el cual es calificado por el Kremlin como “intromisión” (Kapoor, 2020: 20-21). En el caso concreto de Taiwán, la postura rusa se ha visto tradicionalmente marcada por el reconocimiento de la isla como parte de la República Popular China desde 1949. De esta forma, más allá de sus limitadas relaciones con Taipéi en el ámbito económico y cultural, el firme reconocimiento de la soberanía de Beijing sobre la isla descarta algún tipo de condena rusa ante cualquier posible acción china sobre esta (Trenin, 2016: 17).

Para la Federación Rusa es esencial mantener buenas relaciones con China, siendo la estabilidad de estas últimas reconocidas dentro del imaginario ruso como una necesidad existencial a pesar de la desconfianza histórica que marca la alianza de conveniencia entre ambas partes. Por esta razón, en lo que se refiere a sus actuaciones en Asia Oriental, Moscú encuentra inevitable mantenerse al margen de aquellos conflictos en la zona particularmente si estos involucran a Beijing (Trenin, 2016: 22).

De la misma manera, la progresiva importancia atribuida a la región analizada dentro de la política exterior rusa puede explicarse también a partir de la planificación estratégica de Estados Unidos hacia el “Indo-Pacífico” (Kuhrt, 2018: 255). Este último concepto ha sido ampliamente criticado desde Rusia, donde se considera que tal definición responde a un intento no sólo de contener a China sino también por promover en Asia un sistema de dos bloques análogo a aquellos desarrollados en Europa durante la Guerra Fría (Melvin, 2021: 3-4). En palabras del actual Ministro de Relaciones Exteriores ruso, Sergey Lavrov (2020):

A new concept was coined: Indo-Pacific strategies. Not Asia-Pacific but Indo-Pacific strategies. Initiated and promoted first of all by the United States, Australia, Japan, Republic of Korea. When we asked the initiators about the difference between Indo- Pacific strategies, and Asia-Pacific Regional Cooperation, they said, “Well, Indo- Pacific is more open, more democratic.” If you look at it closely, I wouldn’t go into the details, it is not at all the case. It’s an attempt, I think, to reconfigure the existing structures in Asia-Pacific region. And to move from ASEAN-centred consensus seeking forms of interaction, to something which would be divisive (Lavrov, 2020).

Como señala Neil Melvin (2021: 9), este concepto amenaza varios objetivos clave de Rusia en la región como pueden ser la construcción de alianzas más allá de la establecida con Beijing, la vinculación de aquellos procesos de integración euroasiáticos que cuentan con un liderazgo ruso tanto con Asia como con las organizaciones regionales asiáticas existentes y la necesaria diversificación en el continente que resulta cada vez más vital para Moscú a la hora de contrarrestar el constante deterioro de sus relaciones con el bloque occidental.

En términos generales, además de pasar por alto aquella arquitectura regional utilizada hasta ahora por la Federación Rusa para fortalecer su papel en la zona analizada, reconocer el concepto de Indo-Pacífico implicaría reconocer la forma estadounidense de gobernar los asuntos regionales y hacer así peligrar el proyecto Greater Eurasia que abarca el territorio comprendido desde Europa Occidental hasta Asia Oriental y en el que Moscú juega un papel central (Shavlay, 2021: 105).

Dado que la presión por adoptar una estrategia propia del Indo-Pacífico presenta para el Kremlin un dilema estratégico respecto a cómo responder positivamente a ello sin antagonizar a China, el país ha optado por intensificar sus esfuerzos a la hora de fortalecer su enfoque regional a través de la arquitectura multilateral existente y tratando de asegurar su presencia en áreas consideradas importantes a nivel estratégico (Lo, 2019: 3-5). Para ello, han sido emprendidas variedad de medidas de respuesta como la intensificación de la diplomacia o mediación regional, el fortalecimiento de su presencia militar o la necesaria diversificación de sus relaciones con los países de la región para evitar quedar relegado como un actor subordinado a China (Melvin, 2021: 21-22).

En consecuencia, las autoridades rusas ven en el fortalecimiento de su papel en los principales procesos de integración regionales una oportunidad para asentar su presencia en la zona. Es destacable la participación del país en la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) desde su creación en 2001 como sucesor de “Los Cinco de Shanghái”, en el Foro de Cooperación Económica de Asia-Pacífico (APEC) desde 1998 y en la Cumbre de Asia Oriental (EAS) desde 2011, así como su estrecha colaboración con la Asociación de Naciones de Asia Sudoriental (ASEAN).

Más allá de las oportunidades que ofrecen a Rusia los países de la región, el aumento de la influencia rusa en la misma resulta de gran importancia para el país tanto a la hora de obstaculizar los esfuerzos estadounidenses por expandir su proyección más allá de sus aliados tradicionales en la zona, como a la hora de contrarrestar su dependencia frente a una China en expansión (Gorenburg y Schwartz, 2019: 10). A pesar de ello diversos analistas coinciden en que, si bien el “Pivot to Asia” ha sido retóricamente una prioridad en materia exterior para la Federación Rusa, a la hora de implementarse en la práctica este no ha ido realmente más allá del reforzamiento de los vínculos sino-rusos y de una significativa ampliación de su presencia en los principales foros interestatales asiáticos.

A tenor del actual contexto internacional de aislamiento como consecuencia de la invasión a gran escala de Ucrania, es bastante probable que Rusia trate de corregir estos errores e intensifique sus esfuerzos sobre una región que en los últimos años ya ha ganado importancia para sus intereses. De esta manera, la intensificación de sus relaciones con los países asiáticos se está convirtiendo no en una elección, sino en una necesidad que puede paralelamente favorecer a una mayor presencia rusa en los asuntos mundiales cuyo centro de poder se desplaza progresivamente hacia Asia.

Una tendencia que parece confirmarse con lo establecido en el nuevo Concepto de Política Exterior de la Federación Rusa, el renovado documento estratégico aprobado el pasado 31 de marzo de 2023 que sustituye al de 2016 y que ofrece una amplia visión de la que será la trayectoria de la acción exterior del país a corto o medio plazo:

A comprehensive deepening of ties and enhancement of coordination with friendly sovereign global centres of power and development, which are located on the Eurasian continent and committed to approaches which coincide in principle with the Russian approaches to a future world order and solutions for key problems of the world politics, is particularly important for achieving strategic goals and major objectives of the foreign policy of the Russian Federation (Ministry of Foreign Affairs of the Russian Federation, 2023).

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Mónica Román González*

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