La visión mundial de China y el XX Congreso del PCCH

AFP/NOEL CELIS - El presidente de China, Xi Jinping (C), pasa junto a los delegados durante la sesión de apertura del 20º Congreso del Partido Comunista Chino en el Gran Salón del Pueblo en Pekín el 16 de octubre de 2022
AFP/NOEL CELIS - El presidente de China, Xi Jinping (C), pasa junto a los delegados durante la sesión de apertura del 20º Congreso del Partido Comunista Chino en el Gran Salón del Pueblo en Pekín el 16 de octubre de 2022

Este documento es copia del original que ha sido publicado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos en el siguiente enlace.

El XX Congreso del PCCH, que se celebró prácticamente a los cien años de su fundación en Shanghái en 1921, ha consolidado la indiscutible concentración de poder en la figura de Xi Jinping, que ejerce cada vez más un liderazgo sin contrapesos, que algunos colocan en la estela del ejercido por Mao Zedong.

El líder chino se ha hecho un traje a la medida con la elección de un Comité Central de afines y un Buró Político que son los más fieles a su liderazgo.

Su mensaje universalista de raíz confuciana desea proyectar una nueva gobernanza mundial de raíces chinas. Entre sus objetivos destacan unas Fuerzas Armadas en condiciones de combatir y ganar, una sociedad moderadamente próspera en el horizonte de 2035, un nuevo modelo de desarrollo con énfasis en la demanda interna y la innovación tecnológica, un sistema internacional multipolar y una globalización equilibrada.

Sobre Taiwán, el presidente Xi dijo que China continuará luchando contra el separatismo, cuyo objetivo es la independencia de Taiwán, y reiteró que China no renunciaba al uso de la fuerza para el logro de la reunificación.

Aunque se detecta un cierto apaciguamiento en la amplia y compleja agenda bilateral chino-estadounidense, las espadas seguirán en alto por largo tiempo.

Introducción

En 2012, Xi Jinping llegó a la cúspide de la nomenclatura de la República Popular China. Sucedía a dos presidentes, como Jiang Zemin y Hu Jintao, más dedicados a consolidar y gestionar las reformas que a convertir a China en un líder global. Más bien, ambos dirigentes se situaban en lo que podemos llamar una dirección colegiada, en la estela de Deng Xiaoping, para evitar la deriva autoritaria y personalista del maoísmo, con errores tan nefastos para la población como el Gran Salto Adelante (1957) y la Revolución Cultural (1966).

Con la política de reformas y de apertura al exterior, a partir de 1978, China sube peldaños de manera acelerada en dirección del mercado y de una cierta liberalización, hasta convertirse en la fábrica del mundo y segunda economía del planeta. En China la reforma y la apertura han estado siempre limitadas al ámbito económico. Ya lo dijo con claridad Zhao Ziyang, el antiguo primer ministro y secretario general del PCCH (1987): «Lo que estamos poniendo en práctica son las zonas económicas especiales, no zonas políticas especiales», donde se cuestionara el camino emprendido por China a partir de 1949.

Después del XVIII Congreso del PCCH (2012), con Xi Jinping como presidente de la República Popular, secretario general del partido y presidente de la Comisión Central Militar del PCCH, el país da un salto cualitativo en términos de personalización del poder y control del partido comunista como no se conocía desde los tiempos de Mao, acorde con el sueño que Xi Jinping había diseñado para China, tanto en lo que atañe al modelo de desarrollo interno, como en relación con el papel e influencia de China en el mundo. Un sueño hecho de grandes logros en el interior, con énfasis en un desarrollo de calidad, y de una aspiración no escondida al liderazgo mundial.

La lucha contra la corrupción será, asimismo, central en la hoja de ruta de Xi Jinping, lo mismo que la modernización del Ejército Popular de Liberación, «un ejército capaz de combatir y ganar», y una visión de la historia milenaria de China que Xi Jinping no duda en hacer compatible con el marxismo leninismo. Con Xi Jinping se está lejos de la cautela de Deng Xiaoping al abordar las grandes cuestiones: «Hay que tomarse el tiempo necesario y no revelar las cartas con que uno cuenta», decía con frecuencia el padre de la reforma. Quizás esta prudencia de Deng venía de su afición a un juego de cartas tan complejo en su desarrollo como el bridge, al que Deng era gran aficionado. Los tiempos de Xi Jinping son otros: tiempos de dominio y poder personal, refrendado por los suyos congreso tras congreso, y una visión del mundo que debe no poco a la historia de China.

El «sueño» de Xi Jinping se ha plasmado en la constitución del PCCH como «el pensamiento de Xi Jinping para el socialismo con características chinas en la nueva era». Como es sabido, en la constitución del PCCH figuran los aportes ideológicos y prácticos que han ido construyendo el comunismo chino y la República Popular en el último siglo, a saber: el marxismo leninismo, el pensamiento de Mao Zedong, la teoría de Deng Xiaoping, las tres representaciones, el concepto científico del desarrollo y el pensamiento de Xi Jinping para el socialismo con características chinas en la nueva era. Una lista aparentemente simple, pero que envuelve todo un ritual y, desde luego, una jerarquía. El marxismo leninismo, como ideología de cabecera y legitimación, la igualación de Mao y Xi Jinping, que aportan cada uno su pensamiento, un escalón más abajo la teoría de Deng (sorprendente, siendo el padre de la reforma) y, en último término, las tres representaciones de Jiang Zemin, al que no se nombra, ni tampoco a Hu Jintao, padre del concepto científico del desarrollo. La nueva era de Xi Jinping no podía ser sino global, como prueba su megaproyecto de la Nueva Ruta de la Seda o Iniciativa de la Franja y la Ruta, aunque el presente y el futuro de la globalización hayan sido puestos en entredicho por la pandemia, la guerra de Ucrania y dos de sus consecuencias más inmediatas, como la crisis energética y alimentaria, además de las tensiones globales que el conflicto ha generado.

China tiene desde antiguo una visión del mundo y de la historia, hasta el punto de que determinados debates de los últimos cien años, por fijar un marco temporal, han encontrado raíz y respuesta en acontecimientos acaecidos en las distintas dinastías que se han sucedido a lo largo de la historia milenaria de China o en los pensadores, filósofos y moralistas, que han marcado la política, la cultura o los hábitos sociales del país. Ningún país afronta hoy el día a día de la política con referencias a acontecimientos remotos de su propia historia. Es una especificidad de China, que también se ha dado con frecuencia en la etapa maoísta, de marcado carácter revolucionario y, a priori, más bien dada a hacer tabla rasa del pasado.

Xi Jinping tiene una visión de China y del mundo, como la tuvo el propio Mao, aunque con contenidos y objetivos diferentes. Mao se inclinó del lado de la URSS en plena Guerra Fría y ello se tradujo en la puesta en práctica de políticas revolucionarias dentro y fuera del país. El maoísmo fue una etapa de fuerte impulso revolucionario en la reciente historia de China. Revolución en el interior, colectivismo en el campo y en la industria y movilización permanente de las masas con una enorme carga de violencia y sectarismo, que Mao utilizó como una huida hacia adelante contra sus enemigos en el PCCH, tanto en el Gran Salto Adelante, como en la Revolución Cultural, así como en las frecuentes campañas orquestadas desde el interior del partido contra los enemigos y desafectos a la línea oficial.

El expansionismo revolucionario de Mao Zedong

El objetivo de la revolución plasmó también en aventuras en el exterior de corte radical y violento, a través del Departamento de Relación con el Exterior (Zhonglianbu) del partido comunista y de los servicios de la inteligencia militar. Con una voz teórica, como la muy radical Revista de Pekín y el Libro Rojo iluminando a miles de adeptos hasta caer, por la vía de las alabanzas más desmesuradas al Gran Timonel, en el mayor de los ridículos. El maoísmo tuvo en aquellos años algo de exótico y magnético, que encandiló, incluso, a sectores de la derecha, el mundo universitario y numerosos grupúsculos de ultraizquierda con nulo o escaso sentido crítico y conocimiento de lo que realmente pasaba en China. En mayo del 68 se gritaba en París: Marx es el profeta, Marcuse su intérprete y Mao su espada.

Al menos en cuatro continentes se materializó el apoyo de China a los movimientos revolucionarios del momento —en Asia, África, Europa y América—, provocando el contagio ideológico, el desencadenamiento de la violencia y constituyendo, a veces, una amenaza real para la estabilidad de algunos países. La expansión del maoísmo en el mundo no es bien conocida. No se ha estudiado con profundidad y rigor académico. A la sinóloga Julia Lovell debemos que se haya avanzado, gracias a su libro Maoism. A Global History, en el estudio de ese despliegue revolucionario chino en el mundo. Los archivos chinos han estado escasamente disponibles, a pesar de la desclasificación que se produjo en 2003, y la opacidad permanece en gran medida, principalmente, en lo que se refiere a los años 1950-1970. En Vietnam, Filipinas, Malaya (hoy Malasia), Indonesia, Nepal, India, Camboya, Birmania (hoy Myanmar), Perú (con el muy radical y violento Sendero Luminoso de Abimael Guzmán) o Zimbabue, entre otros, la actividad, más o menos oculta, del maoísmo revistió gran importancia. Además de la decisiva intervención de los «voluntarios chinos» en la guerra de Corea en el otoño de 1950, que sirvió para evitar la derrota de Kim Il-Sung en los primeros meses de la guerra.

Mao y su entorno quisieron dejar constancia de su visión de la revolución y de su oposición, no solo a los EE. UU., sino también a la URSS, con la que el desencuentro era cada vez mayor. El papel de China en Europa no tuvo el alcance que en Asia o América, ni tampoco las mismas connotaciones violentas y desestabilizadoras. El impacto fue más bien marginal y limitado al mundo universitario e intelectual y a pequeñas organizaciones políticas y sindicales de ultraizquierda. Las Brigadas Rojas en Italia, la Fracción del Ejército Rojo en Alemania o la Izquierda Proletaria en Francia, entre otros, llegaron a cometer atentados y actos violentos.

El mundo intelectual no estuvo a la altura, especialmente en Francia, donde con escaso espíritu crítico se ensalzó sin mesura la Revolución Cultural. El cine, la literatura, la prensa y la TV, el ensayo, la cátedra y hasta la moda se dejaron influir por la China del Gran Timonel. Es claro que la frivolidad, el desconocimiento y la marejada de mayo del 68 fueron el caldo de cultivo ideal para retorcer unos acontecimientos que los chinos eran los primeros en sufrir. Con un tono bastante sarcástico y sin piedad, el profesor François Hourmant, de la universidad de Angers, en su libro Les années Mao en France, fustiga la falta de lucidez de los primeros nombres de la intelectualidad francesa al alabar «la ausencia de sectarismo de Mao, su tolerancia y su rechazo a la represión». Exactamente lo contrario de lo que sucedía en China en aquellos momentos.

Como señala la sinóloga Anne Cheng en la presentación del libro colectivo que ha dirigido, titulado Penser en Chine, el ascenso de China como potencia económica, geopolítica y militar valida un tema central de la propaganda china: «el retorno con fuerza de su pasado imperial… aunque la República Popular se haya construido en ruptura radical y revolucionaria con un pasado calificado de feudal y rechazado en bloque, sobre todo, entre la instauración de la República Popular (1949) y el estallido de la revolución cultural (1966)». El pasado ha tenido gran peso en China, ya sea político, filosófico o moral y hoy China utiliza su historia como vehículo de afirmación en el mundo.

La visión china del mundo

Si hace medio siglo Confucio podía ser denostado como la suma de todos los males de la vieja sociedad, hoy con la progresiva recuperación de la historia por el gobierno, el partido, las universidades, las empresas y los medios de comunicación, Confucio está de regreso y los cuadros del partido profundizan en su pensamiento y en sus enseñanzas morales y políticas, sin ver asomo de contradicción con el marxismo leninismo, inscrito en primer lugar en la constitución del PCCH. En Asia es frecuente el sincretismo religioso y por eso ahora también se practica en la segunda economía del mundo el sincretismo ideológico. Hasta el punto de que la punta de lanza institucional para la difusión de la lengua y la cultura china en el mundo son los Institutos Confucio, de los que existen alrededor de quinientos instalados en numerosos países.

Es algo que se veía venir, porque los chinos respetan y conocen su historia. Saben, asimismo, que el peso e influencia de un país en un mundo globalizado necesitan de algo más que la simple cuenta de resultados de las empresas, el saldo de los intercambios con el exterior o la salud del sistema financiero, por esenciales que estos sean. Incluso la innovación tecnológica, en la que China ha puesto tanto énfasis, se vende mejor cuando se ve como el resultado del largo camino de una vieja cultura, que desde la división, la ocupación extranjera, la guerra, la miseria y el caos ha subido peldaños hasta convertirse en la segunda economía del mundo.

China, el país del centro, el imperio del medio, con toda su inmensidad geográfica y humana, siempre ha tenido una visión del mundo, enraizada en su historia y civilización. Creo que resulta oportuno interesarse por esta visión de largo alcance en un momento crucial de la historia del mundo y del ascenso imparable de China, por muchos que sean los interrogantes que puedan plantearse en torno a la segunda economía del planeta. La pandemia, la difícil recuperación económica, la guerra de Ucrania, la crisis energética y alimentaria y la inflación que han generado nos colocan ante un escenario lleno de incertidumbres, con la globalización en crisis y los valores de la gobernanza post Segunda Guerra Mundial cuestionados por China y la Federación Rusa, así como por numerosos países emergentes. La decadencia de Occidente es objeto de debate, la praxis política discurre por cauces no democráticos en muchos países y parece llegada la hora de las autocracias.

El primer dato que sorprende y fascina de China es la continuidad de su historia y civilización, desde hace más de tres milenios, así como su inmensidad geográfica y humana. China, Asia nororiental y los países de la cuenca del Pacífico van a configurar y modular más que ningún otro grupo de países el siglo XXI. A finales del siglo XIX algunos analistas ya señalaban que la era del Pacífico estaba en marcha y que el centro del poder, que hasta entonces había radicado en Europa, iba a desplazarse hasta la región Asia-Pacífico en política, economía, ciencia y cultura. Hasta el punto de que el que fuera secretario de Estado norteamericano entre 1898 y 1905, John Hay, escribió a comienzos del siglo XX que el Mediterráneo era el mar del pasado, el Atlántico el del presente y el Pacífico sería el del futuro.

En aquella época, dos potencias emergentes de la región, los EE. UU. y Japón, marchaban en esa dirección. No obstante, las tensiones geopolíticas y territoriales aparcaron ese proceso. La primera y la segunda guerra mundiales, sobre todo, esta última, pusieron en pie un mapa geopolítico distinto, con la Guerra Fría como telón de fondo, expresión de la rivalidad entre EE. UU. y la URSS. Tras la desaparición de la URSS y el bloque de países afines de Europa oriental, la hegemonía norteamericana, acompañada por el ascenso de Japón y el éxito de las reformas en China y en los llamados cuatro tigres, han hecho que la idea de un desplazamiento del eje del poder hacia la región Asia-Pacífico se abriera camino de nuevo. Ahora ya con China como segunda economía del mundo y actor global de primer orden.

En Asia se da la mayor concentración de poder económico y militar de nuestros días. Basta recordar que en Asia nororiental convergen las tres primeras economías del mundo (EE. UU., China y Japón) y que en la misma región cuatro potencias nucleares (EE. UU., China, Rusia y Corea del Norte) ponen de relieve hasta qué punto la paz y la seguridad internacionales, así como la economía global, dependen de la estabilidad de esa parte del mundo, además de India y Pakistán, asimismo potencias nucleares en el sur y el oeste de Asia. Las tensiones geopolíticas y territoriales abundan en Asia nororiental, como la desnuclearización de la península de Corea, el contencioso chino- japonés (también Taiwán las reclama) sobre las islas Diaoyu/Senkaku, la cada vez más preocupante cuestión de Taiwán, la compleja gestión del Hong Kong postcolonial y más al sur el problema del mar de China Meridional, en el que China se muestra intratable en la cuestión de la soberanía y solo parece dispuesta a hablar de cooperación con los demás países ribereños en lo tocante a la explotación de los recursos. China se ha apropiado de facto el mar de China Meridional con más que dudosos títulos jurídicos. Hasta ahora, los países de la región han privilegiado el diálogo y la cooperación, pero los errores de cálculo o una crisis mal gestionada pueden afectar a la paz y la seguridad internacionales y crear turbulencias en la economía global. La inquietud crece, asimismo, en EE. UU. y Japón al contemplar la diplomacia agresiva de China en un área de tanta relevancia para la libertad de navegación y el tráfico de mercancías.

Es bien sabido que la continuidad es un rasgo fundamental de la historia de China y de su civilización, a pesar de la significativa ruptura que supuso la proclamación de la República Popular en 1949 e, incluso, antes cuando en 1911 se produjo la desaparición del sistema imperial y se proclamó la República. Tan fuerte y anclada está la continuidad que un buen conocedor de China, el historiador francés Bernard Brizay, publicó en 2018 un libro, cuyo título es suficientemente explicativo de esa continuidad: Los treinta emperadores que han construido China. Entre ellos, con evidente ironía, cinco que pertenecen a la China posimperial, es decir, posteriores a 1911: Sun Yat Sen, Chiang Kai Shek, Mao Zedong, Deng Xiao Piing y Xi Jinping, que se añaden a los 204 emperadores de las 26 dinastías chinas anteriores a 1911. Al fin y al cabo, en términos temporales, muchas dinastías han durado en el tiempo más que las repúblicas que se han sucedido desde 1911, la República Popular incluida.

China ha sido siempre una potencia continental. Una gran masa de tierras instalada en el corazón de Asia. Sus fronteras históricas son muy parecidas a las de hoy, con un fuerte ritmo expansivo durante la dinastía manchú Qing entre 1644 y 1911. Igualmente, el mismo acervo lingüístico, cultural y civilizacional ha impregnado su historia durante más de tres milenios. Las escasas salidas de China al exterior no han sido demasiado significativas. El mandato del cielo (Tianming) legitimaba el ejercicio del poder en la China imperial y también el mal uso de esa legitimidad estaba en el origen de los cambios dinásticos, que con frecuencia se producían por una revuelta campesina, que fue, en suma, lo que hizo Mao, utilizando al máximo el campesinado de un país eminentemente rural como China y dejando de lado el proletariado industrial, como vanguardia de la revolución. De ahí arranca la visión del socialismo con características chinas, manejada desde hace décadas por los dirigentes chinos. El mandato del cielo como forma de responsabilidad política en la China imperial nos resulta hoy poco vertebrada, institucionalmente hablando, pero conviene señalar que ha resultado muy eficaz a la hora de posibilitar el cambio político, dando así entrada a nuevos actores. Por lo demás, el mandato del cielo no está tan lejos de la expresión latina vox populi, vox dei.

El emperador, el hijo del cielo, era la cúspide del sistema conocido como Tianxia, es decir, «todos bajo el cielo», dejando fuera a los bárbaros, los Estados tributarios y los pueblos sometidos. Por eso carecía la China imperial de un ministerio de Asuntos Exteriores, que por definición sirve para tratar entre iguales. China era una rígida sociedad armónica de carácter confuciano, en la que el poder se ejercía con benevolencia y humanidad (ren, virtud fundamental en el pensamiento chino). La armonía confuciana tenía un carácter universalista y eso sirve hoy a la china de Xi Jinping en sus pretensiones globales, incluso como elemento susceptible de superar el individualismo occidental. Conviene, sin embargo, no olvidar que en las relaciones confucianas la posición de cada uno viene dada por la relación con el que te precede lo mismo que con el que te sigue. Una relación, por tanto, menos armónica e igualitaria de lo que parece. Tianxia, es decir, todos bajo el cielo, supone una centralidad en la que no todos participan de la misma manera.

Aunque Xi Jinping hace constantes referencias a la nación china, como elemento vertebrador, resulta interesante constatar que la condición de chino no la daba la raza. El nacionalismo identitario no ha sido determinante en la historia de China. De ahí que numerosos pueblos que no eran han (chinos, étnicamente hablando), situados en los confines de las inmensas fronteras de imperio (los jurchen, los kitan, los liao, los mongoles, los manchúes) hayan fundado dinastías a lo largo de los siglos, para ser absorbidos después por la lengua, la cultura, el pensamiento o las manifestaciones espirituales y artísticas de la civilización china. Entre ellas, la idea de Tianxia y la de centralidad, que ya asignaban a China un papel determinante en la historia del mundo. Centralidad que la poderosa China de hoy busca con ahínco, lógicamente sobre bases más modernas.
Ciertamente estas ideas de la China imperial no son trasladables a la sociedad internacional de nuestros días, pero ayudan a Xi Jinping a lanzar su mensaje universalista de raíz confuciana, que el dirigente chino desea proyectar en una nueva gobernanza mundial de raíces chinas. En la cuestión de los valores, la China de Xi Jinping y la Rusia de Putin (y bastantes países emergentes) hablan de la decadencia de Occidente y también coinciden en el rechazo de valores como la libertad individual, el pluralismo, la diversidad, el Estado de derecho y la democracia representativa. Bien es verdad que China está mejor armada ideológicamente que Rusia y lo hace con mayor grado de sofisticación que el autócrata ruso, tan solo obsesionado por resucitar el imperio de los zares y por el empleo de la fuerza bruta.

Llamativo resulta, además, que China defienda valores específicamente chinos, cuando la primera mención en la constitución del PCCH es al marxismo leninismo, ideología europea donde las haya, que viene del idealismo alemán, los análisis de Marx sobre el funcionamiento del capitalismo y los escritos de Lenin sobre el poder y la revolución. Más europeas no pueden ser estas ideas, a menos que de lo que se trate es de mantener el régimen autoritario imperante a través del partido (96 millones de miembros) y el aparato del Estado. A partir de Deng Xiaoping quedó claro el sí rotundo a las reformas económicas y la negativa a un cambio político de calado, que llegó a esbozarse en los años ochenta, pero que no vio la luz por la masacre de Tiananmen y el hundimiento de la URSS.

En este sentido, antes de analizar el XX Congreso que acaba de concluir, merece la pena recordar el contenido del discurso que pronunció Xi Jinping, el 18 de octubre de 2017, en el XIX Congreso del PCCH. Un discurso de 66 páginas, en el que había mucho de la retórica habitual de los congresos de los partidos comunistas, pero en el que había, asimismo, bastantes claves para entender el papel y los objetivos de China en esta etapa de globalización, cuando China se postula como líder global.

Xi Jinping se presentó, desde su llegada al poder en 2012, como un reformador y un luchador contra la corrupción, pero de un talante bien distinto al padre de las reformas, Deng Xiaoping, menos dado a la visibilidad interna e internacional que el presidente Xi, aunque con más carisma y aprecio entre la población. Xi Jinping es un presidente y secretario general de corte tecnocrático, pero también es un gobernante de signo marcadamente autoritario. Un presidente con un sueño para China y la revitalización del país, a modo de un american dream, pero asentado sobre valores orientales o, más bien, específicamente chinos. Un modo también de escapar al Estado de derecho y las libertades. El discurso abordó tanto las cuestiones internas como las internacionales, con énfasis en el papel central del partido en el gobierno, en las Fuerzas Armadas y en la sociedad, cuando se cumplían los 96 años de su fundación en Shanghái. Xi Jinping quiere colocar las Fuerzas Armadas chinas al más alto nivel de calidad en el mundo. Un Ejército Popular de Liberación, que esté en condiciones de combatir y ganar, como el propio presidente y secretario general ha dicho con claridad.

El gran objetivo expresado por Xi Jinping, en lo que se refiere a la economía, es hacer de China una sociedad moderadamente próspera en el horizonte de 2035, precisando que el socialismo chino había entrado en una nueva era y que en 2049 China sería una sociedad socialista moderna, realmente avanzada y armónica. A partir de ahí, China se convertiría en un líder global, destacando que China, en cuanto al desarrollo económico, había transitado de una fase de crecimiento rápido a otra orientada al logro de un desarrollo de calidad. En suma, pasar del made in China, como fábrica del mundo, al «creado y diseñado en China». Una nueva etapa, pues, en su modelo de desarrollo, con énfasis en la demanda interna y la innovación tecnológica.

En las cuestiones que tienen que ver con la comunidad internacional, la paz, la seguridad, la diplomacia y las relaciones internacionales es donde más se reflejó la visión del mundo del presidente chino, con clara y reiterada presencia de conceptos confucianos, como la armonía y su propuesta de una comunidad internacional que pueda vivir en una paz duradera, con seguridad y prosperidad universal compartidas y capaz de crear un mundo limpio e inclusivo.

Como es habitual, Xi Jinping hizo referencia a la reunificación con Taiwán y la puesta en práctica de la fórmula «un país, dos sistemas», cuyo funcionamiento está resultando problemático en Hong Kong, lo que complica, obviamente, su aplicación práctica en Taiwán. Los taiwaneses, acostumbrados al régimen democrático y de libertades de la isla desde hace tres décadas, ven con inquietud que la larga mano de Pekín no se detiene ante nada en Hong Kong y que el mecanismo «un país, dos sistemas» podría acabar convirtiéndose en «un país, un sistema».

El presidente abogó por el diálogo entre iguales, la diversidad y la multipolaridad y defendió una globalización equilibrada, así como la liberalización del comercio. Reiteró los cinco principios de la coexistencia pacífica. Nadie, dijo, puede hacer frente solo a los grandes retos del momento, como la falta de energía, la pobreza, las zonas de conflicto, el terrorismo, la ciberseguridad o las enfermedades infecciosas. Como sus predecesores, reiteró que China no busca la hegemonía, ni la expansión, expresando también su apoyo a las Naciones Unidas. Aunque reafirmó que China busca una política independiente de paz, no dejó de subrayar que defenderá siempre sus legítimos intereses, como se ha visto en los recientes choques armados con la India, las amenazas a Taiwán, la mano dura en el Hong Kong posbritánico y su intransigencia en la cuestión del mar de China Meridional.

El nuevo orden global al que aspira el presidente Xi Jinping es una especie de nueva Tianxia, donde no habrá un centro rector, como sucedía en la China imperial, ya que el orden internacional no puede ser jerárquico. Solo habrá Estados que se respetan y un orden de coexistencia igualitaria, aunque la diplomacia del presidente Xi Jinping con sus vecinos es más bien autoritaria en su formulación y pretensiones. La nueva Tianxia trasciende las concepciones sinocéntricas y eurocéntricas, lo que es una manera de dejar de lado Occidente y sus valores, en cuyo centro están el individuo, el Estado de derecho, las libertades y la democracia representativa. Valores que otros países asiáticos, como Japón, la República de Corea o Singapur, entre otros, comparten. Al fin y al cabo, la democracia representativa no es solo cuestión de valores. Es también un mecanismo institucional para la gobernanza y la alternancia en el poder por vía electoral.

Según el filósofo Chen Lai (Renmin Ribao, 2015), los valores de la civilización china presentan cuatro características particulares: la responsabilidad se antepone a la libertad, el deber está por encima de los derechos, el grupo social es antes que el individuo, la armonía se impone al conflicto. Algo que no siempre corrobora la larga y convulsa historia de China, ni las complejas relaciones con alguno de sus vecinos. En todo este esquema es determinante la importancia de un concepto confuciano como la armonía, a menudo invocada por las autoridades chinas. De esa necesaria armonía se deriva el fortalecimiento del papel de China en el mundo y también se justifica el poder y la disciplina dentro del PCCH. Confucio decía que hay que obedecer al poder como se obedece a los padres. Las ideas de Confucio son una ética de proximidad (en las relaciones con la familia y la sociedad), que ahora se amplían en un marco de vigencia universalista. En suma, todo este rearme ideológico de raíces autóctonas (extrañamente compatible con el marxismo leninismo) refuerza las instituciones del país bajo el liderazgo del partido comunista en esta nueva era del socialismo con características chinas.

Influencia, liderazgo y hegemonía

Como señaló el presidente Xi Jinping en el XIX Congreso del PCCH (octubre de 2017), la República Popular China aspira al liderazgo global. El ascenso de China desde 1978 ha sido constante, hasta convertirse en un actor global de primer orden, con influencia creciente en todos los ámbitos y en todos los continentes. De todos modos, de la influencia y el liderazgo a la hegemonía va un trecho que China tardará en recorrer, si es que alguna vez lo hace. La cuestión ha interesado a historiadores y analistas de las relaciones internacionales. Paul Kennedy señala los tres factores que resultan fundamentales para el liderazgo: una economía capaz de satisfacer necesidades, una gran capacidad militar y logística y una administración capaz de vertebrar el país.

En China se dan estos tres elementos, pero con grandes vulnerabilidades internas y periféricas, que se derivan tanto de la naturaleza de su sistema político, como de desequilibrios de carácter territorial-identitario (Tíbet, Xinjiang) y otros que tienen que ver con el agotamiento de su modelo de desarrollo o la compleja relación con sus vecinos en la región indopacífica, además de con los EE. UU., la UE y Rusia. Hasta ahora, China ha asentado su poder en el soft power con vistas al logro de tres objetivos: mantener un entorno no hostil para el desarrollo económico, reducir la dependencia de EE. UU. y extender cada vez más su influencia en el mundo.

Ante el cortoplacismo y el América First del presidente Trump con el abandono del Trans Pacific Partnership (TPP), China se ha ido convirtiendo en un defensor del multilateralismo, la libertad de comercio y la lucha contra el cambio climático (las palabras no impiden que siga siendo uno de los grandes contaminantes), además de lanzar la Asociación Económica Integral Regional o el megaproyecto de la Nueva Ruta de la Seda (Belt and Road Initiative). Con el presidente Biden la agenda bilateral no ha cambiado y va de las cuestiones arancelarias y comerciales hasta las tecnológicas, humanitarias y estratégicas, a las que se ha añadido la guerra de Ucrania con la crisis energética y alimentaria que ha generado. Las relaciones chino-norteamericanas serán más previsibles con el presidente Biden, pero no sustancialmente diferentes. Como ha dicho el presidente norteamericano, China es un competidor de los EE. UU., pero no necesariamente un país con el que se esté abocado a entrar en un conflicto militar, al que empujaría la llamada trampa de Tucídides, conforme al modelo histórico de la guerra del Peloponeso (s. V a. C., Esparta contra Atenas), tal como explicita el analista Graham Allison en su libro Destined for war.

Es claro también que la relativa normalidad pospandemia y la recuperación económica en curso, alterada por el conflicto ucraniano, va a cambiar algunas prioridades de la globalización, como la interdependencia, la deslocalización, la reindustrialización y la división internacional del trabajo. Particularmente, el debate del desacoplamiento (decoupling), al que los chinos llaman tuo gou, obligará a que los países presten más atención al riesgo que entraña poner en manos de China no solo los avances tecnológicos (microchips) con mayor incidencia en los mercados e incluso en la industria ligada al sector de la defensa, sino la producción de material sanitario sin mayor sofisticación, como ha ocurrido durante la pandemia con las mascarillas, todas ellas inicialmente fabricadas en China, sin que los países avanzados estuvieran en condición de dar una respuesta sanitaria urgente a algo tan básico como la protección que brindan las mascarillas.

China ha sido siempre una potencia continental, sin una gran experiencia militar reciente (con las excepciones de la lucha contra la ocupación japonesa, la guerra civil con los nacionalistas del Guomindang, la de Corea y otros conflictos de menor alcance con India, Rusia o Vietnam, además de los periódicos choques militares en el estrecho de Taiwán). Cuando se aspira al liderazgo global también son importantes la ideología y los valores, que China presenta como alternativa al mundo surgido después de la Segunda Guerra Mundial. Se ha dicho que la ideología y los valores son los lubricantes del liderazgo global, así como un sistema de alianzas, de los que hay numerosos ejemplos en la historia.

Asia ha sido, sin embargo, un continente refractario a las alianzas, que requieren un cierto grado de homogeneidad y valores compartidos, que no han estado tan presentes en Asia como en Europa. Como señala Henry Kissinger: «The political and economic map of Asia illustrates the region’s complex tapestry». Más que por la vía de las alianzas militares, China aprovecha las oportunidades que brinda la conectividad, la innovación y la financiación de proyectos de infraestructuras, que constituyeçn una pesada carga financiera para los países de África o América Latina y les hacen, de algún modo, dependientes de China. Es lo que se ha dado en llamar la «trampa de la deuda». Además, China ha ido adquiriendo cada vez mayor peso en el sistema de las Naciones Unidas, especialmente en las agencias especializadas que tienen que ver con el desarrollo.

Aunque la visión de China no es rupturista, el objetivo no del todo confesado es reorientar el sesgo de la sociedad internacional más de acuerdo con los valores de su propia historia y civilización. Sin pisar demasiado el acelerador, ya que China, si bien no está satisfecha con el sistema de Naciones Unidas, ni con el funcionamiento de la sociedad internacional tras la Segunda Guerra mundial, no es menos cierto que el éxito de las reformas, su proyección a nivel global y el creciente bienestar de la población han hecho de China, segunda economía del mundo, uno de los principales gestores y beneficiarios de la globalización. La ruptura no ha de ser la carta preferida por los chinos. La competición ideológica y militar de la URSS con el mundo occidental solo produjo momentáneos dividendos. La URSS fracasó y desapareció, porque la economía no funcionó y descuidó el bienestar de la población. Exactamente lo contrario de lo que viene haciendo China desde 1978. China sabe manejar los tiempos y ganar peso y presencia gradualmente, sin más arma (hasta ahora) que el soft power y el objetivo del desarrollo económico para el país más poblado del planeta.

Unidad, estabilidad y desarrollo serán necesarios durante bastante tiempo todavía para crear la sociedad próspera a que aspiran los dirigentes chinos. Su diplomacia deberá estar a la altura de los retos del momento y buscar más la cooperación que la confrontación. Algunos comportamientos de China resultan hoy bastante inquietantes, especialmente con sus vecinos en un tema tan sensible como el mar de China Meridional. La alianza estratégica AUKUS, configurada por Australia, Reino Unido y EE. UU. es el resultado de la inquietud producida en la región indopacífica por el ascenso de China, las amenazas a Taiwán, el mar de China Meridional y su acercamiento a los pequeños Estados isleños del Pacífico.

China y la guerra de Ucrania

En contra de la idea bastante extendida entre analistas, políticos y medios de comunicación, con Francis Fukuyama a la cabeza, de que la democracia liberal se extendería en el mundo después de la desaparición de la URSS y sus satélites, más bien se observa empíricamente lo contrario, es decir, que estamos ante lo que Larry Diamond denomina una «recesión democrática». Más allá de los países democráticos, el resto del mundo ha experimentado la involución más que otra cosa, con amplio espacio para los regímenes autoritarios y la aparición de los populismos a ambos extremos del espectro político. Dicho esto, hay que poner en perspectiva lo que está sucediendo en Ucrania, donde están en juego los valores democráticos y su supervivencia, lo mismo que cuestiones territoriales, geopolíticas y de seguridad, en el entorno de una gran potencia autocrática y agresora, como es la Federación Rusa, acompañada en sus ambiciones globales por la China de Xi Jinping, aunque no sean pocas las diferencias entre los dos países.

China, segunda economía del mundo, es también uno de los máximos beneficiarios de la economía global, mientras Rusia, más allá de sus grandes recursos naturales y su potencial militar convencional (de dudosa eficacia en Ucrania), nuclear y espacial, es una economía lastrada por la ineficiencia y la corrupción. El estancamiento de la economía rusa resulta aún más evidente cuando se comparan los cambios experimentados por el PIB de los dos países. Hace 30 años el PIB de ambos era comparable, mientras hoy el PIB de China es diez veces el de Rusia. Asimismo, China representa el 20 % en el comercio exterior ruso y Rusia solo pesa el 2,5 % en el comercio exterior de China.

Putin, formado en la Guerra Fría, desprecia los valores occidentales, que considera decadentes, y mira en dirección de Asia Central, China, África o América Latina, buscando coincidencias e intereses compartidos. El primero de ellos, un frente geopolítico antioccidental, como se ha visto en su actitud hacia la OTAN, la UE y los EE. UU. Por otro lado, Putin ha jugado desde tiempo atrás con las divisiones en el seno de la UE y con la alta dependencia del gas ruso de países como Alemania o Austria, entre otros, y con lo que considera la debilidad estructural y militar de Europa, que el conflicto ucraniano ha puesto al desnudo. Sin la voluntad de resistir a Putin militarmente que mostraron desde el primer momento EE. UU. y Gran Bretaña, la «operación especial» para acabar con Ucrania habría sido un éxito, como ocurrió con Georgia, Crimea y el Dombás. Cuando se deja hacer a un autócrata la primera vez, siempre hay una segunda parte de consecuencias dramáticas.

Afortunadamente, la cohesión interna de la OTAN y la UE se ha reforzado y el compromiso de asistencia militar y humanitaria de la UE, lo mismo que en la aplicación de las sanciones, es una realidad. Como ha señalado Josep Borrell: «La guerra de Ucrania ha sido el despertar geopolítico de Europa». Quedan lejos las frases del presidente Macron de que «la OTAN estaba en estado de muerte cerebral» y de que «no se debe humillar a Rusia», resucitando una vieja prioridad diplomática de Francia desde el siglo XIX. Europa ha descuidado su defensa y la población se ha dedicado a cobrar «los dividendos de la paz» en la forma de un Estado de bienestar cada vez con mayor presupuesto. Es el momento de hacer una pedagogía a favor de los gastos de defensa, sin los cuales la sostenibilidad de las democracias puede estar en peligro, como se ha visto.

Al hilo de la guerra de Ucrania, China y Rusia han reforzado su sintonía y sus coincidencias. Su amistad se ha calificado de fuerte como una roca y parecería por ello que su visión de la sociedad internacional es coincidente. La realidad, sin embargo, es más compleja. El rechazo a EE. UU., a la UE y a los valores occidentales ha aproximado a los dos gigantes de Eurasia, que ya vivieron en tiempo de Mao una etapa de gran proximidad y otra, que se tradujo en un profundo desencuentro, que puso a los dos países al borde de la guerra. Dicho esto, la mirada de China a la sociedad internacional es bien diferente. China es un actor fundamental de la economía global, papel del que Rusia está muy lejos.

Hasta ahora, China ha asentado su ascenso en el poder blando y privilegia la unidad en la estabilidad, el desarrollo de calidad, la innovación y una cierta forma de armonía universal de raíz confuciana. Esa es su tarjeta de visita para la gobernanza mundial. Rusia, por el contrario, es cualquier cosa menos un país cuyo ascenso esté ligado al poder blando. Queda patente en su bárbara aproximación a la guerra de Ucrania, en la que se conduce como un Armagedón sin límites ni cortapisas: la destrucción y la aniquilación por sistema, ya sean infraestructuras o personas. En el otro extremo y movida por sus intereses globales, China está abocada a una visión menos agresiva de sus intereses y prioridades, salvo, quizás, en la cuestión de Taiwán. No se ha desligado de Putin, pero se advierte una cierta incomodidad en la toma de posición inicial de China.

En Naciones Unidas, China ha continuado respaldando al presidente Putin, pero de manera algo matizada, optando por la abstención y quedándose fuera, por tanto, de las mayorías que han apoyado las resoluciones de condena de Rusia por la invasión de Ucrania, sobre todo en la Asamblea General. En el Consejo de Seguridad, en el Consejo de Derechos Humanos, en la Organización Mundial de la Salud, en el Tribunal Internacional de Justicia China ha dado su apoyo a Rusia, del mismo modo que el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, cuando al inicio de la invasión expuso un plan de cinco puntos para la resolución del conflicto por el diálogo, en el que señalaba que debían ser tomados en consideración los intereses de seguridad de todas las partes y que las cinco ampliaciones de la OTAN hacia el este estaban en la raíz del conflicto. El apoyo de China a Rusia tiene carácter estratégico (energía por armas) y no será fácil que China se desmarque de esa posición, si bien la duración de la guerra, la violencia de las operaciones militares contra toda clase de objetivos, lo mismo que la amenaza de emplear el arma nuclear, los crímenes de guerra cometidos y las violaciones de los derechos humanos están produciendo alguna incomodidad en los dirigentes chinos.

Además, la guerra ha sumido a China en la contradicción: los cinco principios de la coexistencia pacífica, que vertebran la política exterior china desde los años cincuenta del siglo XX, entre ellos el respeto a la soberanía y la integridad territorial y la no injerencia en los asuntos internos han sido pisoteados por Rusia de manera flagrante. Por otro lado, la duración de la guerra, mucho más allá de lo esperado, y el particular desarrollo del escenario bélico, convertido en guerra híbrida, sin duda han dado pie a China para acometer alguna reflexión, que podría ser de utilidad en Taiwán, caso de que Pekín optara por el uso de la fuerza para la reunificación. Los chinos saben que la mejor guerra es la que se gana sin combatir. Taiwán es una isla, una gran economía y una potencia tecnológica (superior a China en el desarrollo de microchips), además de poder contar, en su caso, con el apoyo de países como EE. UU. y Japón. Los errores de cálculo han conducido a lo largo de la historia a resultados inesperados, tanto en el mismo escenario del combate como en las consecuencias políticas de una «operación especial» poco madurada.

El XX Congreso del PCCH

En 1956 en Moscú tenía lugar el XX Congreso del PCUS, que ha pasado a la historia como el punto de arranque de la desestalinización, con amplio y duradero impacto en el comunismo chino, y el pasado 16 de octubre iniciaba sus trabajos el XX Congreso del PCCH, que ha supuesto la entronización casi vitalicia de Xi Jinping, elegido para un tercer mandato como secretario general del Partido Comunista y como presidente de su Comisión Central Militar, que proporciona al titular de ese puesto un control absoluto sobre el Ejército Popular de Liberación. Una sólida plataforma de poder, que también subraya la preponderancia del partido sobre el poderoso estamento militar.
Este XX Congreso se celebra prácticamente a los cien años de la fundación del PCCH en Shanghái en 1921. Durante ese periodo se han sucedido veinte congresos, a veces en condiciones muy difíciles a la vista de la convulsa historia de China, sobre todo con anterioridad a 1949, por los enfrentamientos entre nacionalistas y comunistas, la invasión japonesa a partir de 1937 hasta 1945 y la guerra civil entre 1945 y 1949, que concluye con el triunfo comunista y el establecimiento de más de dos millones de seguidores de Chiang Kai Shek en Taiwán. Siete congresos se celebraron antes de la fundación de la República Popular en 1949, tres durante la etapa de Mao y los diez restantes han desbrozado el camino a la política de reformas y apertura al exterior, a partir del tercer pleno del XI Comité Central que es cuando Deng Xiaoping introduce su paquete de reformas, que ha marcado la trayectoria ascendente de China hasta hoy.

Además de la indiscutible concentración de poder en la figura de Xi Jinping, que ejerce cada vez más un liderazgo sin contrapesos, que algunos colocan en la estela del ejercido por Mao Zedong, el por tercera vez secretario general se ha hecho un traje a la medida con la elección de un Comité Central (378 miembros entre titulares y suplentes) de afines y un Buró Político (25), de los que 7 constituyen su Comité Permanente, máximo órgano de poder en China, que son los más fieles a su liderazgo. El próximo marzo se abrirá un nuevo periodo de sesiones de la Asamblea Popular Nacional y en ella Xi Jinping se convertirá en presidente de la República Popular por tercera vez y será también en ese momento cuando el actual primer ministro, Li Keqiang, deje su puesto, para ser ocupado por un próximo entre los próximos.
Xi Jinping recordó que China había recorrido un notable camino en los últimos cien años desde la fundación del partido comunista en 1921, añadiendo que también en el último lustro se habían realizado grandes avances en el marco de la estrategia de revitalización del país. Todo ello en medio de grandes cambios globales. Se ha fortalecido el liderazgo del PCCH y se ha promovido un desarrollo de calidad con énfasis en la demanda interna. De este modo, se ha garantizado la seguridad y la estabilidad social, aunque no pocos nubarrones planeen en el horizonte.

Cierto que en este discurso el presidente Xi ha puesto más énfasis en la estabilidad y en la seguridad que en el desarrollo, mostrando así el difícil momento de la economía china, cuyo crecimiento este año rebasará escasamente el 3 %. Como viene siendo habitual, se ha subrayado la modernización de las Fuerzas Armadas, para dotarlas de eficacia en el combate. También la diplomacia se ha ejercido, dijo Xi Jinping, con características chinas, es decir, con mayor contundencia que en anteriores etapas, para hacer frente a los retos estratégicos de un mundo en cambio. En cuanto la pandemia, que ha tensionado la sociedad y la economía con la política de cero covid, el presidente Xi subrayó que se había colocado la vida de la gente por encima de todo para evitar los casos importados y el surgimiento de brotes de contagio en el interior. La gestión del covid ha resultado problemática y los riesgos de una deriva política en la extensa protesta social en curso no están excluidos. Todo ello ha forzado al gobierno a suavizar su política de cero covid.

La situación internacional y el funcionamiento del mecanismo de un país, dos sistemas, así como la política de una sola China y la reunificación con Taiwán merecieron los comentarios del presidente, que reiteró, asimismo, las posiciones habituales. El diagnóstico de la situación internacional fue el esperado, reconociendo que el mundo ha entrado en una etapa de transformación y cambio y que la pandemia ha afectado fuertemente a la globalización. Las crisis globales son cada vez más graves, dijo, y la recuperación económica cada vez más lenta, al tiempo que crecen el unilateralismo y el proteccionismo. No hubo ni un asomo de mención a la guerra de Ucrania, tal vez porque no resulta fácil explicar el alineamiento de Pekín con la guerra de agresión llevada a cabo por V. Putin.

A los 25 años de la recuperación de la soberanía sobre Hong Kong (23 en el caso de Macao), China está satisfecha por el modo como está funcionando la fórmula «un país, dos sistemas»: los patriotas, dijo Xi Jinping, gobiernan Hong Kong, China ha ejercido sus competencias, incluso con la aplicación de la ley de Seguridad Nacional, y el orden reina en la región administrativa especial de HK, de acuerdo con la constitución de China y la ley Básica de la RAE. Se ha desarrollado, además, la zona de la Gran Bahía Guangdong- Hong Kong-Macao para mejorar la vida de la población. China, reiteró el presidente, garantizará en el largo plazo el estilo de vida y el sistema socioeconómico en vigor en Hong Kong.

En realidad, la relación de Pekín con HK ha sido compleja desde la recuperación de la soberanía en 1997. Hong Kong es una historia de éxito a nivel mundial, debido a los británicos y a la población china de la colonia. En Hong Kong no había democracia en sentido estricto en la etapa británica, pero sí era una sociedad abierta con libertades y garantías. Contaba con muchos elementos del Estado de derecho: administración profesional, judicatura independiente, un gran know how económico y financiero, universidades de alto nivel de excelencia y una prensa libre e independiente. La larga mano de China puede hacer peligrar este estado de cosas y por ello Pekín no debería introducir cambios radicales que alteren en exceso los hábitos de la excolonia y su peculiar estilo de organizarse y trabajar. Sería beneficioso para China y para todo el mundo.

Sobre Taiwán, el presidente Xi repitió que China continuará luchando contra el separatismo, cuyo objetivo es la independencia de Taiwán y que se habían evitado las provocaciones y las interferencias del exterior. También reiteró que China no renunciaba al uso de la fuerza para el logro de la reunificación, que se lograría sí o sí, y que, en su caso, China valoraría sus opciones. El presidente Xi fue más tajante que otras veces, tal vez por el impacto de la reciente visita de Nancy Pelosi a Taipéi. La reiteración por parte del presidente Biden, durante la reunión que mantuvo en Bali con el presidente Xi, del apoyo de los EE. UU. a la política de una sola China ha sido, sin duda, tranquilizador para las autoridades de Pekín. Aunque se detecta un cierto apaciguamiento en la amplia y compleja agenda bilateral, las espadas seguirán en alto por largo tiempo. Por el momento, desde el punto de vista norteamericano, la relación bilateral se mantiene en el ámbito de una competición vigorosa, que no tiene por qué desembocar ni en una nueva Guerra Fría, ni en un conflicto armado, si bien el mar de China Meridional continúa siendo también un foco de tensión con claro potencial desestabilizador, como se ha visto en los últimos días de noviembre. Junto a ello, dos leyes norteamericanas, como la Chips and Science Act y la Inflation Reduction Act, dirigidas en buena parte contra China, pueden tensionar aún más la difícil relación bilateral.

Bibliografía

Brizay, B. (2018). Les trente empereurs qui ont fait la Chine. Perrin. Cheng, A. (2007). La pensée en Chine aujourd’hui. Editions Gallimard.
— (2021). Penser en Chine. Editions Gallimard.

Graham, A. (2017). Destined for war. Scribe.

Hourmant, F. (2018). Les années Mao en France. Odile Jacob. Kissinger, H. (2015). World order. Penguin Random House UK.
Kennedy, P. (1988). The Rise and fall of the great powers. Unwin Hayman. Lovell, J. (2019). Maoism. A global history. Penguin Random House UK.

Juan Leña Casas

Embajador de España
 

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