El país más secreto de Europa busca ahora que todos le quieran

Albania sale del misterio

Albania
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En los bajos de los bloques de apartamentos que pueblan el paseo de marítimo de la ciudad costera de Vlora en la Riviera albanesa, frente al puerto italiano de Brindisi, abundan los cafés y también las pequeñas tiendas de recuerdos para los nuevos turistas que se acercan a la antaño secreta Albania.  

Mi antiguo pasaporte español prohibía expresamente viajar a Tirana. No había país comunista más cerrado que Albania, que abrazó una especie propia de “maoísmo estalinismo” bajo el mando del líder supremo Enver Hoxha. Su papel, cuarenta años después de su muerte y de la caída del Muro de Berlín, ha quedado reducido al de mero pisapapeles en las esculturas de pequeño tamaño que venden en las tiendas de souvenirs. 

Albania no es ya ni tan secreta, ni tan pobre. Se ha desatado la carrera en busca del desarrollo y la integración en la Unión Europea. El aeropuerto de Tirana, nombrado en honor a Teresa de Calcuta, está atestado de gente, y los apartamentos en la costa florecen como setas. Hay prisa por recuperar el tiempo perdido, aunque la mayoría de las cosas para ganar el futuro estén todavía por hacer.

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Enver Hoxha

El misterio de Tirana

La llegada a Tirana se ha hecho de desear, y ha estado envuelta en el misterio de la noche. En mi cabeza resuenan los ecos del tiempo prohibido, cuando las radios de onda corta sintonizadas en pleno franquismo - en busca de la información prohibida por el régimen - captaban un sonido débil que anunciaba “Aquí Albania, Radio Tirana en español”. Vuelo desde Múnich, que proyecta la larga sombra alemana actual sobre los Balcanes. Salimos tarde, con cambio de avión por posible avería. Por fin, en vuelo bajo la lluvia. Hay tormenta, fuerte viento y el aparato se tambalea y vuelvo a pensar en la pesadilla albanesa, en mi viejo pasaporte que prohibía expresamente el viaje a Albania, y al resto de países comunistas, de la URSS a Corea del Norte. Una pesadilla histórica, la del comunismo llevado al límite, que solo escondía el privilegio de la clase dirigente y la pobreza de la abusada clase trabajadora. La sinrazón instalada en una costilla de Europa. 

Cuando por fin aterrizo en Tirana ya pasa la medianoche. Un aeropuerto con una terminal que parece recién construida y que te da la bienvenida con las novísimas máquinas que leen tu pasaporte sin necesidad de enseñarlo a la policía. Ni visado, ni preguntas. Nada más salir del edificio te saludan unas gigantescas siglas: KFC (de Kentucky Fried Chiken). Hasta aquí llega el poderío de la comida instantánea americana. Estamos en otra Albania sin duda. Hago noche en el Hotel Aeropuerto Tirana en espera de transporte al sur. La recepción también se ha apuntado a la visión de un país abierto internacionalmente. La presiden cuatro relojes con las horas de Nueva York, Tokio, Bruselas y…Tirana. En sintonía con la hora del mundo.  

La habitación solo conserva un símbolo de otro tiempo, que no es otro que una pequeña mesa camilla junto a la cama, bajo la que se echa en falta un brasero para calentar las piernas, que nos colocaría en aquellos viejos tiempos de la escasez comunista. Las reliquias de aquella época se guardan en los búnkeres construidos por el dictador convertidos ahora en un museo de los horrores y de las técnicas de espionajes sobre la población.

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¿Dónde está Albania?

Albania había desparecido tantos años del concierto europeo que hasta se había borrado su mapa en nuestro imaginario. Situada frente al final de la bota italiana, del puerto de Brindisi parten barcos continuamente, y también es fácil el acceso desde la frontera y la costa griega dada además la vecindad de Corfú. Pero a nadie de mis conocidos le parecía cercana. El “me voy de viaje a Albania” era contestado por mis amigos con un inmediato “yo también lo quiero conocer”, “pero como será ese país”, y un “¿dónde está?”… Creo que la mayoría no sabrían ubicarla en el mapa. 

Políticamente estuvo situada entre China y Corea del Norte. Y para muchos allí se quedó.  Dispuesto a “descubrir” el país de verdad, me aventuro en coche de Tirana hacia el sur con un chófer que sabe media docena de palabras básicas de inglés y que no suelta el móvil en todo el trayecto, a pesar de las curvas y las numerosas rotondas.

Viajamos por autopista, pero hay tramos que revierten en vieja carretera de dos direcciones y se pierde la velocidad de crucero. Transitamos por la que debe ser la vía mejor acondicionada del país, uniendo la capital con las poblaciones de la costa que tratan de atraer a los turistas europeos a un nuevo destino. Solo algunos privilegiados consiguieron pisar esas playas en tiempo de la dictadura comunista. Una de ellas fue el reciente Premio Nobel de Literatura, la francesa Annie Ernaux. Me sorprendió, al ver su reciente película documental “Los años del super 8” (2022), había viajado a Albania de vacaciones con el entonces su marido. Hacían un turismo de izquierdistas, explorando el Chile de Allende o la Albania de Hoxha y también la España de la Transición. Me resultó extraño, no ya que viajasen a la tan vetada Albania, sino que pudieran usar su cámara de cine y rodar entre otras cosas aquellas singulares playas, segregadas para albaneses y para extranjeros.  Quizá tuviese que ver esta laxitud con algunos franceses el hecho de que Hoxha en su juventud fue becario en la Universidad de Montpellier, donde entró en contacto por vez primera con las organizaciones comunistas que le indujeron a la militancia.

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Ahora los turistas empiezan a llegar de toda Europa y en las ciudades costeras se ha desatado la fiebre de los apartamentos. Grandes bloques tapan la vista del mar desde la carretera que transitamos. Las montañas a la espalda, en frente todo es ladrillo. Como si no hubiese espacio. Aunque la sensación es la de un país muy poco poblado, las edificaciones se apretujan cerca de las zonas costeras, como si la fiebre por copiar el modelo español se hubiese desatado sin encomendarse a las lecciones ya aprendidas de la masificación. Pero como vas a convencer a nadie cuando lo fácil es ver como un maná al que viene-y-se-va, el turista, y encima te deja unos euros… que pesan mucho más que los leks nacionales por mucho que se hayan diseñado para parecerse totalmente a las monedas de uso en la Unión Europea.

Pasamos por una amplísima zona de salinas que sirven de prólogo geográfico a la perla de Riviera albanesa, a Vlora. Su paseo marítimo sembrado de altas palmeras quiere competir con los de Niza o Cannes. La ciudad se mira en el espejo de una gran bahía abrazada por montañas. Un paraje natural, bello, que va perdiendo identidad a base de los numerosos y crecientes edificios que se asoman a la bahía. Nichos para turistas.  Pero no estamos aquí para hacer turismo. Soy parte de un grupo que supera el medio centenar de periodistas europeos dispuestos a celebrar la Asamblea General y el Congreso anual de la asociación EJA-APE bajo los auspicios de la sección albanesa.   

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Con buena lógica, nuestro anfitrión, el periodista local Arber Hitaj, nos va a iniciar en la historia del país a través de la visita a dos museos que no solo albergan objetos de valor histórico, sino que son historia en sí mismos. El Museo Nacional de la Independencia es un pequeño edificio de dos plantas situado en un parque junto al paseo marítimo que jugó un importante papel en la declaración de independencia y la formación del Estado albanés. Sus cimientos son de 1844 que fue precisamente el año del nacimiento del padre de la patria, Ismail Qemali, cuyos restos se trasladaron aquí en su día y se honran justamente en esta ciudad que hace de contrapeso al creciente desarrollo de Tirana en el norte.

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El segundo museo en nuestro plan de visitas guarda pequeños tesoros arqueológicos, ánforas y esculturas. También armas más recientes, de los partisanos que participaron en la independencia. Apenas cuenta con vitrinas, su pobreza de medios es clara. En la última habitación descubro una serie de libros y pasquines referidos al periodo comunista. Un grueso tomo de pastas rojas destaca en blanco el título “Historia de las luchas antifascistas nacionales populares”. Nada más abrirlo aparece la foto del camarada Hoxha con uniforme militar, correaje cruzando el pecho, botas y los altos calcetines tan típicos también en la indumentaria de los atuendos folclóricos. Son algunos restos de los materiales que no fueron a parar al llamado “museo de los horrores” que muestra en la capital cómo se las traía el líder supremo a la hora de controlar, detener, fustigar, penalizar, someter… y todo lo demás a una población que vivió atemorizada y encerrada durante décadas, incluidos algunos de sus familiares más próximos. 

Con profundidad y estilo, podemos asomarnos a ese periodo a través de la obra de Ismail Kadaré, comunista rebelde que luchó hasta el final para intentar recuperar sus manuscritos secuestrados por la longeva viuda de Hoxha, también colíder del Partido del Trabajo albanés Nexhmije Hoxha. El autor de “El largo invierno” recibió el Príncipe de Asturias de las Letras en 2009. 

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Aquí Radio Tirana

En el tercer museo de la ruta organizada, este de carácter antropológico, reviví uno de mis sueños (o pesadillas) albaneses de antaño. Aquí nos paseamos entre pucheros, ropas tradicionales, utensilios de trabajo o de cocina…y lo que me despertaría el eco de aquellas noches buscando en las ondas del mundo la información que se negaba en nuestro propio país: aparatos de radio de gran tamaño, para colocar sobre una alacena o un aparador, con su dial y sus botones de búsqueda por los que aparecía aquella Radio Tirana que ya entonces sonaba más antigua que nuestro propio tiempo nostálgico. Me contenté con fotografiarlos, sin escuchar ya sus voces a falta de enchufes y válvulas descatalogadas. Pero solo con verlos, mi infancia volvía tener imagen y sonido.

Albania viene de un tiempo mucho más lejano. Se emparenta también con nuestra historia, como toda la histórica común de los países mediterráneos. Cumplidas nuestra sesión de trabajo del Congreso periodístico, a la mañana siguiente hicimos viaje en autobús hasta las faldas de Apolonia. Aupada en una colina que permite vigilar todo el territorio circundante, aquí se asentaron primero griegos y luego romanos cuya huella arquitectónica permanece. Citada por el geógrafo Estrabón y también por Aristóteles, fue fundada en el 588 antes de Cristo, y abandonada hacia el siglo tercero ante los destrozos causados por terremotos. Algunas estructuras siguen en pie, a las que se suma un más reciente templo cristiano ortodoxo, en torno al que se ha organizado un bello museo iniciado a principios del siglo pasado por arqueólogos franceses, con León Rey a la cabeza. El edificio primitivo para albergar las joyas encontradas se inauguró un 8 de octubre de 1936 coincidiendo con el cumpleaños del entonces rey de Albania Zogou I. 

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La fama aislacionista de Albania contrasta con este flujo de invasores y paseantes por sus tierras desde la antigüedad. Quizá ahí esté el fermento nacionalista del país. Pregunto a un profesor local a que idioma se parece el albanés, pensando que quizá se acerque al serbio o al fronterizo griego. “Nuestra lengua no se parece a ninguna otra en el mundo”, me deja claro. Sin duda Hoxha se trabajó la veta nacionalista tras haber pasado la nación por las colonizaciones de italianos, griegos o serbios. Llegar a las costas de Albania se antoja fácil, atravesar sus onduladas cordilleras no parece que haya sido un reto sencillo. Ahora estamos en otra fase. Buscando inversión internacional, bendecida tras la reciente reunión de los lideres de la UE en su territorio y mostrándose en las pantallas de atracción turística con sus costas o sus ruinas históricas como las de Apolonia.

En ciudades como Fier o Berat, muy rica en olivos y presidida por un notorio castillo, se nota un nivel de desarrollo considerable. Contrastan eso si los nuevos edificios con las escenas de juego de cartas y domino de los jubilados en el parque de la ciudad. El alcalde de Berat es un economista profesor universitario formado fuera del país que ve claro que “la mejor salida para Albania y su desarrollo es la entrada en la Unión Europea. Tenemos buenos productos para exportar y somos un buen destino turístico en claro crecimiento”. Hay otras voces que temen que la Europa de las directrices venga a imponerles severas cuotas agrícolas y ganaderas, base de la economía albanesa, y de al traste con los negocios más habituales basados en el cultivo de la tierra.

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Dura como sus montañas y atada a la fe de su gran pasado religioso, Albania cree en su futuro. El aeropuerto de Tirana se ha bautizado como Madre Teresa, (de Calcuta) quizá su figura internacional más reconocida, aunque nacida en Macedonia de padres albaneses exiliados. “Ni en los años más duros de la represión comunista desapareció el fervor religioso”, me comenta un periodista experto en esta cuestión. “Algunos cultos se escondían por ejemplo bajo el disfraz de un espacio para teatro de marionetas. Pero en realidad mantenían el culto ortodoxo ligados a la Iglesia griega”. Pervivió el cristianismo, el culto judío, hoy muy mermado, y sin duda la opción musulmana. Los minaretes adornan el cielo de estas ciudades albanesas en las que en cambio es raro ver a mujeres ataviadas con velo. “Estamos en una feliz etapa de convivencia entre las religiones que hace honor a nuestra historia tras el negro periodo de prohibición del comunismo, que hizo un gran daño no solo moral, sino también material al arruinar parte de nuestro patrimonio artístico de carácter religioso”, afirma mi interlocutor. Parte de las fechorías quedan registradas en el museo de los horrores que almacenan los viejos búnkeres de Tirana. 

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La noche es suave, caluroso el día. Aquí se prolonga el verano en estas fechas ya otoñales según el calendario y sientes que el reclamo turístico de sol y playas es y será el gran anuncio de la nueva Albania al mundo. El único secreto que pervive de aquel tiempo de encierro a la coreana es el de la vida tranquila y el clima benigno en la otra orilla del Adriático aún poco explotada. 

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