El desencanto se apodera de Túnez

Paco Soto

Pie de foto: Una manifestación durante la ‘Revolución de los Jazmines’ en Túnez.

Túnez consiguió acabar hace casi cinco años con el régimen dictatorial de Zine el Abidine Ben Ali. Una sublevación popular, la llamada ‘Revolución de los Jazmines’, puso fin a un sistema político autoritario, represivo y corrupto que tuvo el apoyo político y económico de países democráticos europeos como Francia. Los tunecinos se han puesto de acuerdo para construir un verdadero sistema democrático y representativo. No ha sido fácil, porque los problemas económicos y sociales son importantes y el terrorismo yihadista acosa al pequeño país magrebí. Pero a trancas y barrancas, la sociedad tunecina consigue superar las dificultades, y en enero de 2014 se dotó de una Constitución democrática, la más avanzada del mundo musulmán. Primero, gobernaron los islamistas posibilistas del partido Ennahda; después, en octubre de 2014, ganó las elecciones un partido laico, Nidaa Tunis, una formación que agrupa a diversas tendencias ideológicas y políticas: conservadores, sindicalistas, izquierdistas, personalidades del antiguo régimen… Dos meses después, en diciembre de 2014, ganó las elecciones presidenciales el veterano político laico y conservador, además de exministro, Beji Caïd Essebsi, que tiene 89 años. Con esta elección, Túnez completó el complejo proceso de transición a la democracia y lo hizo prácticamente solo como país, sin la ayuda real de Europa, que tanto aplaudió las revueltas de la denominada ‘Primavera Árabe’. Ya quisieran muchos otros países del mundo árabe e islámico haber logrado los objetivos que ha alcanzado Túnez. Una Carta Magna al servicio de todos los ciudadanos y opciones políticas existentes, unas elecciones transparentes y una transición a la democracia que va por buen camino son muchos éxitos en poco tiempo. Sin lugar a duda. El contraste con lo que ocurre en países como Egipto, Libia o Siria es tremendo. Pero el pequeño estado magrebí se enfrenta a numerosos problemas.

Muchos problemas

El terrorismo, la corrupción, la pésima situación económica y la enorme pobreza son los problemas más graves. Estos problemas han generado pesimismo en la sociedad, un profundo desencanto que recuerda, salvando las distancias y diferencias, lo que pasó en España durante los primeros años de la Transición, después de las elecciones democráticas del 15 de junio de 1977. Quizá sea una reacción inevitable de la población en situaciones políticas delicadas, cuando los objetivos alcanzados quedan por debajo de las expectativas sociales. Muchos tunecinos pensaron que la democracia iba a traerles automáticamente bienestar económico y social, y no ha sido así. Los procesos de cambio de régimen, sobre todo en países en vías de desarrollo, suelen ser complejos y contradictorios. Los tunecinos pueden hoy en día decir en voz alta lo que piensa, votar al partido que más les guste y leer el periódico o el libro que les dé la gana, pero muchos no tienen trabajo, o cobran salarios de miseria, y sus condiciones de vida no han mejorado en el último lustro. Los tunecinos no han inventado el desencanto, pero lo sufren ahora en su propia carne. Las violaciones de los derechos humanos también juegan en contra de la evolución democrática. La Constitución tunecina protege las libertades individuales, pero una parte de la sociedad considera que muchos funcionarios, sobre todo policías, no respeten las normas de la Ley de leyes.

Según denuncian las ONG defensoras de los derechos humanos, la policía sigue torturando y maltratando a los detenidos y algunos agentes se comportan con el mismo despotismo que en tiempos de Ben Ali. La represión de manifestaciones y protestas callejeras recuerdan las cargas policiales contra la ‘Revolución de los Jazmines’. La sensación desagradable que tienen muchos ciudadanos, sobre todo los jóvenes más politizados, es que el estado se preocupa más por perseguir a los homosexuales o los consumidores de drogas blandas que a los terroristas. “Un policía sigue siendo un policía” y este “cuerpo ha sido formado para la represión”, escribe un bloguero. Hay mucha tensión en la sociedad, y los activistas sociales no entienden y critican la pasividad de los partidos y de la Liga Tunecina de los Derechos del Hombre (LTDH) ante las continuas violaciones de las libertades fundamentales.

Revolución manipulada           

Según cuenta al semanario Jeune Afrique Aymen, un ciudadano de un barrio popular de la periferia de la capital tunecina, “la revolución ha sido una gran manipulación, una gran farsa”. “La esperanza que tuvimos está a la altura de nuestro actual desencanto”, subraya Hadda, una obrera tunecina. Recalca que “todo está muy caro, en estas condiciones, ¿cómo puede vivir una familia y asegurar el futuro de sus hijos?”.  Hadda y su esposo votaron en 2011 al partido de izquierda Congreso para la República (CPR) de Moncef Marzouki, expresidente y activista a favor de los derechos humanos y antiguo opositor a Ben Ali. Comentarios como los de Aymen y Hadda son frecuentes en Túnez en estos momentos. La delincuencia que no disminuye y la violencia yihadista son dos factores que desestabilizan la todavía frágil democracia tunecina, y muchos ciudadanos culpan a los políticos de estos problemas. La situación de la juventud, que representan 60% de la población, no es mejor que en la época del dictador Ben Ali; la única alternativa que tienen muchos jóvenes para sobrevivir es la emigración, si no quieren seguir en paro, o subempleados y cobrando sueldos miserables.

Los jóvenes más politizados y formados creen que “la verdadera revolución, la que acabe con la corrupción y las desigualdades, todavía tiene que llegar”. Los más pesimistas y vulnerables psicológicamente piensan incluso que la democracia no es un buen sistema porque no ha resuelto los problemas crónicos del país. Algunos de estos jóvenes podrían acabar atrapados en las redes del islamismo político más o menos moderado e incluso del yihadismo violento. Tiene su lógica, porque cuando cierran las fábricas y no hay trabajo, y el estado del bienestar brilla por su ausencia, la democracia pierde muchos puntos, porque con el estómago vacío cuesta más pensar y apartar el trigo de la paja. ¿Qué ha pasado con muchas promesas que se hicieron durante la campaña de las últimas elecciones legislativas? Pues que no se han cumplido. Las promesas incumplidas y los problemas económicos y sociales son un factor de inestabilidad que socava los fundamentos de la joven democracia tunecina.

Nuevo partido

En este contexto, Moncef Marzouki ha lanzado un nuevo partido para hacer frente a la situación “catastrófica” del país. En una entrevista a la AFP, el expresidente tunecino cree que el Gobierno se encuentra en una situación de “total impotencia” que le impide solucionar los problemas. Anuncia Marzouki que “vamos a lanzar un partido. Quisiera dirigirlo durante un año o dos y después dejarlo en manos de los jóvenes”. El antiguo opositor a Ben Ali y neurólogo de profesión afirma que su objetivo es que los tunecinos se conviertan en un “pueblo de ciudadanos” que “tengan derechos sociales, económicos, políticos y culturales, y disfruten de ellos”.

Un año después de haber abandonado el Palacio de Cartago (sede de la presidencia), Marzouki lamenta que el Gobierno esté “sin visión” y que Túnez “no esté gobernado”, porque se ha producido “el hundimiento de la política exterior y de la economía”. Sobre la estrategia antiterrorista, Marzouki defiende medidas de tipo económico, político y religioso y también en materia de seguridad para hacer frente al yihadismo, pero destaca que hay que dialogar con la corriente salafista “no violenta”. En este sentido, asegura que la estrategia del Gobierno va en otra dirección: “Detener a miles de personas y practicar la tortura”, como, a su juicio, hace el Ejecutivo, “alimenta el terrorismo”. Señala Marzouki que el actual desgobierno se debe a que “la mayoría” de los miembros del Ejecutivo proceden al “antiguo régimen”, son “corruptos” y “arruinan la moral del país”. 

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