La muerte jamás contada de Julio Fuentes

      

José Antonio Guardiola @jaguardiola

Artículo publicado en el diario El Mundo

Pie de foto: A la izda., con camisa caqui, Julio Fuentes. De azul, José A. Guardiola, hoy director de 'En portada' (TVE). 'NOS VEMOS EN KANDAHAR' / Manolo Ovalle

Cómo el periodista de EL MUNDO se peleó hasta el último momento por subirse al convoy que lo llevó a su ataúd. Su amigo José Antonio Guardiola relata las horas finales de Julio Fuentes entre 'señores de la guerra' y lazarillos afganos. Y su abrazo de despedida, rumbo al Kabul taliban.

Esa mañana, Julio Fuentes estaba eufórico. Surgió radiante de la destartalada entrada del hotel Spin Gahr de Jalalabad, al este de Afganistán. Recorría con su mirada rostros y rincones a los que no prestaba atención. También se le notaba nervioso. Vestía una camisa azul turquí con muchos bolsillos, pantalones desmontables color camel y botas marrones de media caña. Era lunes 19 de noviembre de 2001. Una caravana de coches se agolpaba en la entrada del hotel. Un buen grupo de periodistas había decidido dejar Jalalabad rumbo a Kabul, la capital recién desalojada de talibanes. 160 kilómetros de carretera tortuosa y peligrosa. Nunca logré averiguar por qué Julio había decidido sumarse a última hora.

Tenía la camisa y los pantalones manchados del líquido de una lata de aceitunas que había tragado apresurado. "¿Creéis que voy a dejar mucha peste en el coche? Me cambio la camisa ahora mismo, ¿eh?". Julio era un tipo coqueto. Arrojó su mochila al maletero y nos despedimos. Con un abrazo.

- Guardiola, quiero que bajemos juntos a Kandahar. Tenemos que entrar los primeros.

- Eso está hecho -le dije.

Kandahar era pieza de caza mayor para cualquier reportero. Allí habían amurallado su feudo los talibanes y allí sospechábamos que nos aguardaba el jefe de todos esos locos estudiantes del Corán, el mulá Omar. El convoy se alejó.

Todo había empezado el miércoles 14 de noviembre en el hotel Pearl Intercontinental de Peshawar, en el vecino Pakistán. El Pearl era el típico hotel de reporteros. Maletones por el suelo. Habitaciones descuidadas. Precios desorbitados. Miradas de fisgones. Y corrillos de periodistas. En uno de ellos andábamos unos cuantos rellenando unos folios con los nombres de los candidatos a cruzar la frontera rumbo a Afganistán con la primera columna de muyahidines lanzada por la poderosa familia Haq, los señores de la guerra del este afgano.

En eso apareció Julio. No saludó. Vio la lista y pidió en impecable italiano a Mimmo Càndito, de La Stampa, que añadiera su nombre. No era fácil, había otra larguísima lista de espera. Peshawar era una ciudad lanzadera para centenares de periodistas de todo el mundo que sólo pretendían entrar en Afganistán. No paró de hacer gestiones hasta que lo logró. Apenas unos días después, esas mismas palabras adornaron los listones de madera de su ataúd. La imagen, grabada por mi buen amigo José Manuel Frean, dio la vuelta al mundo.

Lo más estresante para un reportero es llegar al epicentro del conflicto: controles, esperas... Las tripas se retuercen. Aquel jueves 15 fue de esos días de nudo en el estómago.

La familia Haq era tan poderosa como desordenada. Desplegaron el convoy en un descampado a las afueras de Peshawar. Decenas de todoterrenos, autocares y mucho guerrillero abrazado a un Kalashnikov. La lista que tanto nos costó rematar no sirvió de nada. Agentes del servicio secreto pakistaní sospecharon de todos y exigieron a nuestras embajadas que confirmaran, uno por uno, que no éramos espías. Fue Julio quien se encargó de hacer la gestión con la embajadora.

Pie de foto: Julio Fuentes, con la camisa color turquí que vestía en su último día vivo.

La última foto

Finalmente, el extraño convoy con periodistas, guerrilleros y señores de la guerra arrancó entre tiros al aire y gritos de júbilo. Julio fue el más rápido. Se subió al primer autocar y viajó con todos los miembros de la familia Haq. Tipos poderosos, los Haq. Un poder amasado con el cultivo y el tráfico de opio y las abultadas tasas que imponían a quien cruzara su territorio, especialmente el paso del Khyber, que separa Pakistán y Afganistán. Este desfiladero es territorio prohibido; la puerta que todos quieren controlar, fraguada durante siglos a golpe de flechas y balas. Cada pocas curvas sorteábamos un cuartel militar pakistaní. La familia Haq se mostraba prudente. Sabía que jugaba en terreno comprometido. Fueron kilómetros de silencio hasta el pueblo fronterizo de Torjam. A partir de ahí, los Haq se revelaron como lo que eran. Tiros. Gritos. Órdenes. Ademanes despóticos. Los afganos aplaudían a su paso. No tuvimos claro si por alegría o por conveniencia frente al poder de los Haq.

Jalalabad nos recibió con noche cerrada. Nos reencontramos con Julio en el viejo Palacio del Gobernador. Competitivo, siempre pugnaba por entrar el primero. "¿Te das cuenta, Pepe? (Era de los pocos en el mundo que me llaman Pepe). Ya estamos en Afganistán. Hemos sido los primeros en entrar en Jalalabad". Los jefes de tribu pastunes comenzaban una reunión para decidir cómo repartirse el poder. Un espectáculo típicamente afgano. Salón enorme y desalmado. Almohadones y cortinas a juego. Viejos barbudos sentados en el suelo. Canas teñidas y rostros con cicatrices marcadas por el sol y una espera infinita. El elegido sólo podía ser un Haq. Haji Abdul Qadir comenzó esa noche una carrera política que le llevó a la vicepresidencia de Afganistán. Una carrera muy breve. Seis meses después, su cuerpo quedó agujereado por decenas de balas. Allí Julio nos presentó a Maria Grazia Cutuli, de Il Corriere della Sera. Ella estaba enferma. Julio también. Me dijo que tenían algo así como unas fiebres asiáticas. Tosían mucho.

Naqib era el nombre de mi fixer, el guía que utilizamos en esos viajes como verdaderos lazarillos. Naqib era la envidia de todos los demás periodistas. Puro reptil, conocía a todo el mundo. Gracias a él logramos dormir en el hotel Spin Gahr, en un cuartucho abandonado por unos guarros talibanes. Como espía, a los talibanes les había ofrecido la misma fidelidad que ahora a los señores de la guerra. Un superviviente. Afganistán en estado puro.

Escoltados por Naqib, Julio y yo dimos a medianoche uno de los paseos más absurdos de nuestras vidas. En la Jalalabad recién tomada, espesa por la sangre de venganzas de cuchillos o Kalashnikov, dos tipos caminaban charlando sobre el periodismo y la vida. En más de una ocasión me crucé para colocarme en su lado malo, el del sonotone, para obligarle así a cruzarse conmigo de nuevo. Nos reímos, y logramos desanudar de nervios el intestino.

Noche del 18 de noviembre. Cenamos arroz y carnero con los compañeros de TV3 en el lúgubre comedor del Spin Gahr. Julio apareció abrazado a su ordenador. Parecía atesorar algo importante. Le ignoramos, conscientes de que lo que más deseaba en el mundo era que le preguntáramos por la historia que estaba a punto de enviar a Madrid. Describía un laboratorio químico montado por tipos de Al Qaeda en el que habían almacenado gas sarín. Fue su última crónica.

Habíamos hablado mucho de todas las historias interesantes que nos ocultaba Jalalabad (la más interesante de todas y que entonces desconocíamos: Osama Bin Laden se escondía a unos cuantos kilómetros de allí) y de que precisamente TVE y EL MUNDO, nuestros medios, tenían ya equipos desplegados en Kabul. La capital la teníamos cubierta. Pero aquella mañana del 19 de noviembre Julio nos sorprendió al anunciarnos que se unía al convoy rumbo a Kabul. "Me voy, acabo de decidirlo".

Después de ese abrazo con olor a aceitunas, la columna partió. Nosotros (José Manuel Frean, Juan Antonio Barroso y yo) viajamos hasta la cárcel de Jebá, donde los Haq habían amontonado a 300 yihadistas en una nave. Si alguien no sabe cómo mira un asesino, que busque esa crónica en internet. Sólo un puñado de haces de luz descubría el polvo en suspensión. El alcaide nos dejó solos en la nave. La masa empezó a rugir. Nos sacaron. La imagen de Frean mereció un premio. Ya en el Spin Gahr, mientras editábamos el reportaje de la prisión de Jebá, Naqib irrumpió en la habitación. No nos extrañó, siempre entraba sin llamar. Pero esta vez se le veía alterado. "Six journalists have been killed". Me juró que era cierto, que estaba confirmado y que los atacados eran nuestros compañeros.

Todo se precipitó. Al hotel estaban llegando los primeros periodistas supervivientes de la emboscada. Una de las reporteras de TV3 nos preguntó si habíamos visto "al de EL MUNDO". Seguían llegando coches, pero en ninguno veíamos a Julio ni a Maria Grazia Cutuli. Las versiones era confusas, pero muchos coincidían en que habían escuchado tiros, que habían obligado a algunos periodistas a bajarse de los coches, que Julio iba en el primero... Maldita manía.

Prohibido decir "muerto"

Nos resistimos a dar por perdidos a Julio y los demás, pero no había dudas. En ese momento todos los periodistas en Jalalabad nos conjuramos. No pronunciaríamos la palabra "muerto" hasta haberlo comprobado con nuestros ojos. Nada de rumores. La realidad nos devolvió una dolorosa bofetada. Habíamos disfrutado de un territorio vacío de poder, sin controles, sin patrullas, sin niñatos de los que apoyan temblorosos sus índices en el gatillo de un Kalashnikov... Y de repente buscábamos a la autoridad que no existía para que nos confirmara lo que nadie podía confirmar. Un pequeño grupo de periodistas salió con una ambulancia en su busca. Regresó, escoltado por mujaidines, un par de horas después sin haber conseguido acercarse al lugar del asesinato.

A eso de las cuatro de la tarde nos llamó desde Kabul Evaristo Canete. Gran amigo, gran cámara. Me preguntó qué sabía y le conté por encima lo último que habíamos logrado averiguar. Poca cosa. Hablé también con otros buenos amigos: Miguel Ángel de la Fuente, Joan Marcet, Fran Sevilla. Al final se puso Alfonso Rojo, el compañero de Julio Fuentes en EL MUNDO. Estaba destrozado. Le intenté persuadir de que abandonara su loco plan: quería agarrar un coche y adentrarse en la carretera en busca de Julio. Era una locura. Iba a anochecer en apenas una hora. Le pedí que desistiera. Además de peligroso iba a ser inútil. Cuando me despedí de Alfonso, volvió a tomar el auricular Fran Sevilla y me prometió que le impediría salir aunque fuera a puñetazos. Creo que no fue necesario.

Y así cayó la noche más larga. Hablé un par de veces con Mónica, su chica. Tuve la impresión de que estaba mentalizada, o mentalizándose, de la muerte de Julio. No pude darle esperanzas. Sólo le prometí que la llamaría tan pronto supiera algo nuevo. Fuera bueno o malo.

En Jalalabad cada amanecer es un calco del anterior. Ese amanecer, el del día 20, tampoco fue diferente. Otro día de polvo y sol. Hartos de rumores, nos acercamos al despacho del nuevo gobernador, el Haji Abdul Qadir amigo de Julio. Él pronunció la palabra "muertos". "En unos momentos tendremos la confirmación de todo", dijo. Naqib me chivó que estaba llegando un convoy al hospital de Jalalabad. No tuvimos ni tiempo de terminar de montar el teléfono satélite. Enseguida vimos llegar una ambulancia. Salimos corriendo.

- ¿Traen los cuerpos? -le preguntamos al enviado especial de AP.

- Sí, traen a los cuatro.

Eran cuatro, no seis como nos había anticipado Naqib.

Todo fue rapidísimo. Lo que ocurrió entonces sólo lo recuerdo por haber visionado mil veces la grabación de Frean. Veo la imagen de la cámara que se acerca a la parte trasera de la ambulancia. Veo una mano -luego descubrí que era la de Naqib- que descorre la manta que cubría los cuerpos. Veo la cara destrozada del Harry Burton, el camarógrafo de Reuters. Veo un tumulto de periodistas que quiere acercarse a la ambulancia y a los empleados del hospital intentando retenerlos. Veo el cuerpo ya descubierto de Julio, salvo su cara. El mismo pantalón color cámel. Las mismas botas. La misma camisa azul turquí. También manchada. Esta vez de sangre. Era él. No había duda. Tragamos saliva. Estaba muerto.

Tardamos unos segundos en recordar que estábamos ahí para dar noticias. Había que contarlo. Corrí a por el teléfono satélite medio instalado. No aparecía. Uno de los muyahidines que había escoltado a la ambulancia con los cadáveres aprovechó el tumulto y se lo apropió. Eso lo descubrimos varios días después, cuando nos vimos obligados a negociar con el propio ladrón. Le dimos 250 dólares para recuperar el teléfono. Creo que no me hizo factura. El tipo pedía 1.000. Así es Afganistán, tierra de buscavidas y supervivientes. Corrimos al hotel a por otro teléfono. Llamamos a la redacción. Pedimos que nadie confirmara la muerte de Julio hasta que no entráramos en directo en un boletín. Eran las 9.55. El boletín arrancaría a las 10.00.

Esos cinco minutos tenían destino. Me costó muchísimo marcar el móvil de Mónica. No sólo era un trago muy duro. Cabía la posibilidad de que la conversación me destruyera. Fue una duda irracional.

- Mónica... Soy Guardiola... Te lo prometí y por eso te llamo. Ya le he visto...

No me dejó terminar la frase.

- ¿Le has visto? ¿Está bien?

- No, Mónica... Le he visto, pero está muerto.

Se oyeron voces. Y su llanto. Desconsolado. Roto. Vibrante.

Se despidió con una frase que nunca olvidaré: "Pepe...", también ella me llamaba Pepe. "No sabes cuánto lamento que tengas que estar pasando por todo esto". Le sugerí que se rodeara de sus amigos y sus seres queridos y que se olvidara de mí. Ese comentario me confirmó que Mónica era tan dura como imaginé cuando la conocí en Tétovo (Macedonia) bajo el martilleo de las ráfagas del Ejército de Liberación de Kosovo.

A las diez dimos la noticia. La voz no tembló. Sonó la cabecera de salida del boletín. Y entonces sí, ahí brotaron las lágrimas.

Un año después, en 2002, viajé a Kandahar. Ya no estaba el mulá Omar. Subí al tejado de una casa de adobe y dediqué cinco minutos de un atardecer a seguir el vuelo de una cometa. "Julio", le dije, "las cometas ya vuelan en Kandahar".

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