Los ataques con misiles se han ido sucediendo en el tiempo, y Siria se ha mantenido constante como escenario de batalla

Irán e Israel: punto de no retorno

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El pasado 21 de enero se produjo una nueva escalada de violencia sobre territorio sirio. Una batería de misiles israelíes fue lanzada con el objetivo de atacar las inmediaciones del aeropuerto de Damasco, donde se localiza una base iraní. En respuesta, el régimen de Teherán lanzó un misil de tierra a tierra – Surface-to-Surface missile (SSM) – desde sus instalaciones en territorio sirio contra el norte de Israel, donde fue interceptado y neutralizado – concretamente en el Monte Hermón – por las fuerzas israelitas, que, en consecuencia, llevaron a cabo una contraofensiva contra objetivos iraníes, concretamente de las Fuerzas Quds, un cuerpo de élite de la Guardia Revolucionaria Iraní, en territorio sirio. De acuerdo con el Ejército israelí, en dicho ataque fueron destruidos un almacén de armas situado en el Aeropuerto Internacional de Damasco, un campo de entrenamiento y una sede de Inteligencia de Irán. También perecieron 21 personas, entre ellas 6 militares sirios y 12 miembros de la Guardia Revolucionaria de Irán, según los datos publicados por el Observatorio Sirio de Derechos Humanos.

Sin embargo, la historia de la relación entre Israel e Irán no siempre estuvo revestida de hostilidad abierta. Si se establece el punto de partida en la década de 1950, ambos países encontraron bases fundamentadas para iniciar una cooperación: su rechazo al panarabismo propuesto por Nasser y su apoyo al régimen kurdo en su enfrentamiento contra el Irak de Saddam Hussein. Sin embargo, la colaboración no solo fue de índole geopolítica, sino que ambos países también se beneficiaron de una relación estrecha en materia económica y energética y, sobre todo, vinculada al negocio del petróleo.

No obstante, con la llegada de la década de los 90, el vínculo entre Israel e Irán se fue debilitando por diversos motivos: en primer lugar, la revolución iraní de 1979 y la consecuente instauración de la República Islámica actual, cuyo carácter original, nacionalista y antioccidental y, además, con aspiraciones expansionistas, llevó a al por aquel entonces régimen de Jomeini a apoyar a la Organización para la liberación de Palestina en detrimento de la relación con Israel. En segundo lugar y en ese sentido, el enfrentamiento de Israel con los aliados históricos del régimen de Teherán – Hezbolá en 2006 y Hamas en 2009 -. En tercer y último lugar, el temor de Israel ante el desarrollo del programa nuclear de Irán, con nueva tecnología que sitúa al territorio israelí dentro del alcance iraní. 

Este desgaste de la relación entre ambos países se ha visto reflejado, por un lado, en la línea geopolítica de actuación del gobierno de Netanyahu con la publicación del Estudio Estratégico para Israel 2017-2018 por el Instituto para los Estudios sobre Seguridad Nacional de Tel Aviv. En este informe se expone que “el principal desafío de seguridad de Israel es su esfera del norte, en la que está surgiendo un nuevo equilibrio de poder basado en la consolidación del poder ruso en Siria, el punto de apoyo de Irán en partes de este país devastado por la batalla y el fortalecimiento relativo de Hezbolá”. Este eje, comúnmente denominado “pro Assad-Hizbollah-Irán” y apoyado por Rusia, se ha unido en repetidas ocasiones para combatir, vía terrestre, al DAESH en territorio sirio. En esta línea, para entender la relación de conveniencia existente entre el régimen de Teherán y el gobierno de Bashar al-Assad es necesario recordar que Siria fue el único apoyo de Irán en su guerra contra Irak entre 1980 y 1988. 

No obstante, y, por otro lado, el recrudecimiento de la situación también se ha reflejado de forma más pragmática, ya que, desde que comenzara la presente década, los enfrentamientos entre Israel e Irán han pasado de ser indirectos a materializarse de forma directa y visible, usando el mismo escenario de batalla, un territorio intermedio y fallido: Siria. 

El 10 de febrero de 2018 tuvo lugar el que sería el primer ataque directo entre ambos países. Ese sábado, de madrugada, un helicóptero Boeing AH-64 Apache del ejército israelí interceptó un dron en su espacio aéreo – en los Altos del Golán – que provenía, según las fuerzas armadas israelitas, de una instalación iraní situada en la base aérea T-4, también conocida como Al Tifur, localizada en las inmediaciones de la ciudad siria de Palmira, en la provincia de Homs. Asimismo, en abril de 2018, el ejército israelí emitió un comunicado en el que defendía que el dron estaba cargado de explosivos y que pretendía, por tanto, realizar un ataque sobre Israel. El gobierno de Netanyahu, en respuesta, atacó, ese mismo día, dichas instalaciones en territorio sirio junto con otra decena de objetivos sirio-iraníes, lo que provocó el lanzamiento de una contraofensiva por parte de los antimisiles locales, que derribaron un avión de combate F-16 israelí en Galilea – al norte de Siria – en el que viajaban dos pilotos que consiguieron evacuar la nave y saltar en paracaídas. La escalada de violencia culminó con la posterior reacción del Ejército israelí, traducida en un ataque contra otra serie de objetivos sirios e iraníes. 

Tras este episodio detonante en febrero de 2018, los ataques con misiles se han ido sucediendo en el tiempo, y Siria se ha mantenido constante como escenario de batalla: entre los meses de abril y mayo de 2018, Israel lanzó cuatro oleadas de ataques contra posiciones militares iraníes en territorio sirio, que fueron respondidas por las fuerzas Quds, con el lanzamiento de proyectiles sobre los Altos del Golán y que, a su vez, derivó en una nueva contraofensiva de Israel contra bases sirias en las áreas cercanas al aeropuerto de Damasco, destruyendo 5 baterías antiaéreas de diseño ruso pertenecientes al Ejército sirio y dejando un balance de 27 víctimas mortales – entre ellos, 8 combatientes iraníes y 5 militares sirios – según los datos del Observatorio Sirio de Derechos Humanos

No obstante, la escalada de tensión se internacionalizó sobre el terreno cuando el 18 de septiembre de 2018, un avión ruso IL-20 turbohélice – con 15 tripulantes a bordo – fue derribado por los escudos antimisiles aéreos sirios cuando estos respondían a un ataque de Israel, el cual tenía por objetivo destruir un depósito de armas del Instituto de Industrias Técnicas sirio localizado en el puerto de Latakia y que, según las Fuerzas Armadas israelitas, la munición que allí se encontraba iba a ser enviada a Hezbolá para perpetrar ataques contra Israel. Contra todo pronóstico, Vladimir Putin acabó reconociendo en rueda de prensa que el derribo se había debido a una sucesión de “trágicas circunstancias”, declaraciones con las que comenzó un periodo de distensión relativo entre Israel e Irán. Sin embargo, el sosiego no iba a prolongarse, ya que, tras el ataque del pasado 21 de enero, el Jefe de la Fuerza Aérea Iraní, el general Aziz Nasirzadeh, reveló a una agencia de noticias local que “los jóvenes de la Fuerza Aérea están totalmente listos e impacientes para confrontar al enemigo sionista y eliminarlo de la faz de la Tierra”.

Asimismo, se ha conocido que el 25 de enero comenzaban las maniobras militares – que se llevan a cabo regularmente – de las Fuerzas Armadas de Irán en las que participan alrededor de 12000 soldados y equipos aéreos, como drones y aviación. Se configura, así, la imagen que Irán pretende transmitir al resto del mundo y que el régimen de Teherán ha repetido en numerosas ocasiones: ellos son la gran fuerza de resistencia ante el “imperialismo” de Estados Unidos y sus aliados, que buscan, según el gobierno de Alí Jamenei, aislar a Irán del escenario global. La situación parece, entonces, haber alcanzado un punto de no retorno.

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